LA HORA DE LOS BOTARATES

En España ha llegado la hora de los botarates. Abundan. Leo una entrevista con un corresponsal de la BBC en Madrid y éste dice que los periodistas en España son ‘demasiado educados’. Me duelen las mandíbulas. La risa me produce calambres en el maxilar. Lo debe de decir Jénez Losantos, o quizá pensando en las peroratas de Gabilondo, uno de los preros que utilizó el púlpito mañanero como un hisopo con el que repartía aguas bendecidas las radicaciones más intensas de su odio contra Aznar. Educados. Este quiere más leña. Quizá le hicieron pasar aquellas escuelas que describía Gibson, en las que los castigos físicos hacían nacer placeres torcidos.

Entre los botarates ha vuelto el ser supremo: Arzallus. Este tampoco es un ciudadano como los demás, que diría Ibarreche, y eso que no ha sido lehendakari, sino sólo jesuita. Regresa también, aunque solo sea un día, Labordeta, ese sádico que ha castigado a un par de generaciones tocando la guitarra como si fuera un tambor. Incluso Carod, que anuncia embajadas en Marruecos, prioridad de la diplomacia catalana, sin duda la alianza de civilizaciones.

El botarate es un ser que triunfa en dos sectores de la vida nacional: los políticos y los críticos de televisión. En ninguna de estas dos especializadas hay que tener una preparación especial. O más bien, cuando no se tiene, queda el recurso de dar voces, repartir coces y disular la falta de cultura con una ensalada de leches. Donde abunda esta subespecie, derivada del grupo étnico de los majaderos siempre suele aparecer alguien que obtiene ventaja del ruido. Suele aparentar ser la vícta, y lleva a menuda alrededor a una cohorte de chupatintas que le defienden, aunque lo único que temen es quedarse sin el coche oficial. Disfrazan su temor de dignidad, y entonces se ponen solemnes, que es la máxa expresión de la estupidez. Madrazo es uno de ellos. Y Pepiño. Pepiño también.

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