A la tragedia del terremoto y el posterior tsunami que ha arrasado el noreste de Japón, se ha unido otra catástrofe de mayores consecuencias que ha quedado plasmada en los serios desperfectos y las fugas radiactivas, todavía sin evaluar, de la central nuclear de Fukusha y otras plantas de la zona afectada, lo que ha generado un conato de debate sobre este tipo de energía en distintos segmentos de la sociedad española.
Por regla general, la discusión está resultando, salvo excepciones, tan sple como productiva y los medios de comunicación participan de ella obligados la periosa necesidad de no desligarse del día a día, lo que no parece que sea la mejor manera de abordar un asunto de esta trascendencia con el rigor necesario, ya que la disputa se ha saldado momentáneamente, según los expertos, con gruesos titulares y demasiados adjetivos “apocalípticos” y “alarmistas”.
El activismo militante ha hecho su agosto y ha disfrutado, de una sola tacada, lo que no disfrutaba desde hacia años, haciendo girar su línea argumental hasta el infinito: la energía nuclear no es lpia, no es segura y tampoco es la mejor alternativa al petróleo para evitar el cambio clático. El drama de Japón, provocado causas de una excepcionalidad sin precedentes, permitía que muchos medios recuperaran la bandera antinuclear bajo el discurso de que había quedado claro que la energía nuclear es peligrosa y más que se extremen sus medidas de seguridad, siempre habrá alguna circunstancia que provoque una catástrofe; catástrofe, cierto, que es la única fuente de energía que puede provocarla.
No ha habido el momento grandes desviaciones en la línea argumental de unos y de otros y la batería de conceptos, ideas y tópicos recurrentes, se han repetido una vez más con ágenes televisivas que trataban de inclinar la balanza en una u otra dirección, según los intereses defendidos.
Nadie se ha quedado al margen de este debate esteril y sesgado basado en principios inamovibles, aunque en esta ocasión la provisación ha pedido que el debate pudiera estar a la altura de las circunstancias.
La mayoría política española no ha parecido estar interesada en entrar a fondo y reabrir el debate nuclear en este momento, ya que unos y otros aprobaron en el Congreso, hace pocas semanas, iniciar un proceso para prorrogar la vida útil de las centrales más allá de los 40 años. IU fue la única fuerza nacional que se desmarcaba del sutil posicionamiento del resto de los partidos.
Pocos han sido los medios de comunicación que se han sustraído de participar en este debate ramplón y apresurado y solo, en contadas ocasiones, ha sido posible leer posiciones razonables como las que pedían que el análisis sobre el futuro se realizara desde un punto de vista científico y “no emocional”; las que ponían de relieve que la seguridad cero exigía un coste infinito, o lo que es lo mismo, un posible, o la reflexión del presidente del gobierno afirmando que las cosas se ven de distinta manera cuando se tienen responsabilidades de gobierno que cuando se es un ciudadano más.
Los científicos y técnicos en energía nuclear convienen en señalar que una vez más el debate se va a producir en el seno de la comunidad de expertos y girará, no sobre la bondad de la energía nuclear, sino sobre las acciones y medidas a plementar para incrementar la seguridad de las centrales construidas y a construir en el futuro, en un ejercicio silar al experentado tras el accidente de Chernóbil y que ha supuesto la modificación de la totalidad de las centrales nucleares existentes en la antigua Unión Soviética y países de su influencia, así como tantes cambios en los sistemas de seguridad del resto de las plantas existentes en el mundo.
