OPINIÓN: El motín de la gaviota

Publicidad

Manifiesta Mariano Rajoy un gran paralelismo con el personaje de ficción literaria capitán Queeg de El Motín del Caine, un militar paranoico, inseguro y en consecuencia receloso y autoritario que, en mitad de una tormenta entra en pánico y alterada su capacidad de decisión, pierde el control de sí mismo y de su embarcación, episodio que provoca el motín de sus oficiales.

O nos encontramos ante un solipsista recalcitrante o ante un trastornado que como norma de conducta vive de espaldas a la realidad. Rajoy es ajeno a la incoherencia entre lo que prometió que regalaría su mandato y el resultado de su obra. A esto hay que sumar una gran ingenuidad en lo que se trasluce de lo que esperaba de las consecuencias de sus actos y la alarmante objetividad de dos millones y medio de ciudadanos que le han mostrado su hartazgo de tanto sacrificio. Y ya para la psiquiatría queda su voluntaria ignorancia del sufrimiento ajeno, un demérito más del que fue amonestado y públicamente advertido por su otrora (maldita hora) valedor Josemari Aznar.

Un Presidente carente de empatía siempre acaba derrotado, pero aún tratándose de un psicópata debe exigírsele cierta grandeza moral; un mínimo de magnanimidad para gobernar con compasión en favor de los desfavorecidos y la majestad suficiente para dar la cara ante los ciudadanos a los que su gestión ha tratado sin piedad. Pero el hombre desvaído de maneras calladas (silencios calculados decían) parece haber desarrollado el síndrome de Angelman -otra enfermedad rara a la que su Administración mira de reojo- que se caracteriza por insuficiencia lingüística, escasa capacidad comunicativa y falta de atención.

Así ha ocurrido que no ha dado ni una explicación convincente, ni tan siquiera coherente, sobre sus abusivos impuestos, sus excesos de complacencia con la corrupción, y, para una vez que abre la boca, escupe un equivocado discurso dando un trato despreciativo a los adversarios -unos pamplinas a los que ha elevado a la categoría de dignos e importantes aupándolos a salivazos en el panorama político- toda una garantía de fracaso.

Y es que abducido por la inutilidad de Arriola se comporta como si hubiera perdido la lucidez intelectual, parece haber sucumbido a un trastorno delirante que le mantiene agarrado a una estrategia de dos palabras: ‘recuperación económica’. Única herramienta de propaganda, que compulsivamente ha repetido hasta convertirla en jaculatoria, cometiendo la torpeza de enviar a sus apóstoles a evangelizar al desierto de la miseria para difundir las dos palabras como si no hubiera otra moral que esa ¡con dos cojones! Convencido de que en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres y ya habíamos salido de la crisis. Pero resulta que a los asistentes del sermón hacía tiempo que Fenosa les había cortado el suministro. Y claro, predicar tranquilidad al que no le alcanza la ayuda social para que coman sus hijos una semana, e insistir en que todo se resume a una cuestión de tiempo, que el crecimiento económico este año será superior al estimado y bla, bla, bla… es, además de un insulto, una homilía que resulta imposible de encajar por un auditorio ya sin ilusiones ni fe. ¿Se puede ser más tonto?

Pues esa es la pregunta que seguramente Rajoy no se ha planteado por no querer encontrar la respuesta. Pero esa misma y en voz alta es la que se hacen los ahora amotinados, cuando han caído en la cuenta -ya han tardado- de que su presidente es un jinete que no sabe sujetar las riendas, que ha perdido la cordura y que antes que se hunda el negocio deben quitarlo de en medio. El personaje del alférez Willie Keith (el autor intelectual del motín del Caine) está representado por una adinerada hija de adinerados que en sus ratos libres se ha entregado a la labor de cazatalentos y ahora es cazafantasmas. Esperanza Fuencisla Aguirre y Gil de Biedma es antigua niña crema mal criada, una personalidad intratable descendiente de intelectuales y por tanto decadente. Ella es la criatura más pintoresca de la derecha, hasta su ‘fuga’ fue la encarnación de las buenas costumbres y cuenta con un poder de persuasión absoluto entre los suyos. Aunque entre sus atributos también goza de una personalidad pletórica de retorcimiento (como demuestra su oferta trampa al tertuliano Carmona) y es dueña de un carácter decidido que desde el ‘tamayazo’ la acredita capaz de llevarse por delante cualquier estorbo, desde la moto de un guindilla al cadáver de un hombre de semblante vago.

El Trotón de Pontevedra es un triste que domicilia complejos y dudas en su identidad y que, aún sabiendo que se halla en el final de su trayecto, se niega a dimitir. Solo un ser obsceno desea mostrarnos su dolor y su ridículo. Rajoy piensa hacerlos públicos convirtiendo su defunción en un espectáculo sadomasoquista que sea objeto de irrisión; la representación de una tragicomedia. Al protagonista de ésta obra resulta imposible compadecerlo dado el rechazo que provocan su antipatía, su petulancia y sobre todo su soberbia. Desde la privación de conmiseración que nos causa el nuevo Queeg, en un viaje a lo imaginario, vemos al Presidente acorralado en el último rincón del bunker de La Moncloa con el único auxilio de unas bolas chinas (sustitutas de las originales de acero) con las que juguetea en su mano mientras, mermado en su ímpetu vital, jadea como si recién le hubieran hecho el amor traicionero y recita hasta el infinito un mantra-perorata: ‘Yo soy la recuperación económica y la vida, el que cree en mí aunque coma grava vivirá. Yo soy la recuperación económica’…

Antonio de La Española

Publicidad
Publicidad
Salir de la versión móvil