El año que termina, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, ha estado marcado por una palabra clave: inestabilidad. Y no ha sido una inestabilidad caótica, sino una más profunda, propia de un sistema que ya no funciona con las reglas de hace dos décadas. Gobiernos, instituciones y ciudadanía parecen moverse como patinadores neófitos en una pista de hielo de feria.
En España, la política nacional ha estado definida por la fragmentación parlamentaria y la dificultad para construir consensos estables. El escenario político refleja una realidad social polarizada y cansada, donde las mayorías absolutas no son sino un recuerdo.
Un Ejecutivo secuestrado ha tenido que gobernar apoyándose en acuerdos complejos, muchas veces frágiles, con fuerzas ideológicamente diversas que lo mantienen cautivo. Esto ha convertido cada ley en una negociación a su medida y ha reforzado la sensación de que la política se mueve más en clave táctica que estratégica. La agenda legislativa ha priorizado medidas sociales, reformas económicas y la gestión de fondos europeos, pero su implementación ha sido desigual e incluso disparatada.
Al mismo tiempo, la oposición ha endurecido el tono, apostando por una confrontación directa que, movilizando a sus bases bajo el lema «mafia o democracia», ha contribuido a crear un clima de crispación permanente al ritmo de Manolo Escobar. El debate público se ha reducido a lo emocional, con una sobreexposición mediática que simplifica problemas complejos y alimenta la desconfianza institucional.
Y, por si todo esto no fuera suficiente, un elemento clave han sido las comunidades autónomas, a las que se ha concedido un excesivo protagonismo político y una demencial capacidad de presión, lo cual ha reabierto peligrosos debates estructurales sobre el modelo territorial, la financiación autonómica y la cohesión del Estado: cuestiones que siguen sin resolverse y que son una bomba con temporizador.
En el plano europeo, la Unión Europea ha sido un paralítico incapaz de avanzar un solo paso en el reto de mantener la unidad interna en un contexto de crisis múltiples: inflación persistente, transición energética, presión migratoria y una creciente fatiga democrática.
El proyecto europeo ha mostrado todas sus costuras. Las diferencias entre Estados miembros en cuestiones fiscales, militares y sociales siguen siendo profundas. La ampliación de la UE, la autonomía estratégica y la reforma de sus instituciones están sobre la mesa, pero no avanzan.
Es una Europa que se mueve entre dos impulsos contradictorios: reforzarse como actor global o replegarse para proteger sus equilibrios internos. Esa ambigüedad define gran parte de su acción política actual.
En Estados Unidos y bajo la presidencia de Fanta de Naranja, la política interna continúa dominada por una polarización extrema que ya no es coyuntural, sino estructural. Las instituciones funcionan, pero bajo una tensión constante. La confianza ciudadana en el sistema democrático sigue erosionándose a marchas forzadas, mientras el discurso político se empobrece y radicaliza.
La política exterior estadounidense mantiene su foco en la competencia geopolítica global, combinando liderazgo militar con una creciente cautela interna. El mensaje hacia el exterior es de firmeza, pero hacia dentro predomina la incertidumbre y el cansancio social.
En Oriente Medio, el genocidio de Israel en Gaza supone un fracaso colectivo que ha vuelto a poner de manifiesto la incapacidad de la comunidad internacional para ofrecer soluciones duraderas a conflictos enquistados. Cada escalada refuerza la sensación de un sistema internacional reactivo, más preocupado por contener daños que por resolver causas.
A nivel global, el orden internacional atraviesa una transformación acelerada. China ha consolidado este año su papel como potencia económica y tecnológica, desafiando abiertamente el liderazgo occidental. Rusia, a un paso de rendir a Ucrania y a la OTAN, continúa actuando como factor desestabilizador del sistema internacional, especialmente a través del conflicto con Ucrania, que sigue teniendo desastrosas consecuencias políticas, energéticas y, sobre todo, económicas para esa mucama de EE. UU. que es Europa.
Lo más destacado del panorama político actual no es una ley concreta, una elección o un líder, sino el cambio de paradigma. La política ya no promete estabilidad, sino gestión de la incertidumbre. Los grandes consensos del pasado —crecimiento continuo, globalización sin fricciones, democracias liberales sólidas— han sido directamente cuestionados durante este 2025.
El ruido es constante, pero lo esencial está claro: estamos en un periodo de transición histórica y, como toda transición, incomoda, confunde y descoloca. La pregunta ya no es si el mundo está cambiando, sino quién será capaz —además de China— de entender ese cambio.
Y para todos ustedes, una buena y una mala noticia: 2025 se acaba. La mala es que nada indica que 2026 vaya a ser mejor. La buena es que, como cantaba Lucio Dalla, «l’anno che sta arrivando, tra un anno passerà». El problema no es que los años pasen, sino que el mundo cambia… y seguimos empeñados en mirarlo con los mismos ojos de siempre.
Feliz año nuevo.
