La depresión juvenil destapa carencias en salud mental y atención temprana

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La depresión se ha convertido en uno de los trastornos emocionales más frecuentes entre los adolescentes y su incidencia no deja de crecer. Así lo advierte el Centro de Psicoterapia Itersia, que con motivo del Día Mundial de Lucha contra la Depresión —que se conmemora este 13 de enero— alerta sobre el preocupante aumento de casos en jóvenes y el notable incremento de los ingresos hospitalarios relacionados con este trastorno durante los últimos años.

Los especialistas subrayan que la adolescencia es una etapa especialmente vulnerable, marcada por cambios físicos, hormonales y sociales que pueden actuar como desencadenantes o agravantes del malestar emocional. Cuando estos factores se combinan con presiones académicas, dinámicas familiares complejas o dificultades en la integración social, el riesgo de desarrollar depresión se incrementa significativamente.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 1,3 % de los adolescentes de entre 10 y 14 años y el 3,4 % de los jóvenes de 15 a 19 padecen depresión. Estas cifras, aunque ya de por sí alarmantes, se quedan cortas cuando se analizan los datos de hospitalización.

Aumento drástico de los ingresos hospitalarios

Un estudio reciente de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) advierte de que las hospitalizaciones por depresión en adolescentes se han disparado más de un 1200% en las dos últimas décadas. La investigación también revela un marcado sesgo de género: tres de cada cuatro pacientes ingresados fueron chicas adolescentes, lo que representa el 74,3 % de los casos documentados. Además, tres de cada cuatro hospitalizaciones correspondieron a jóvenes de entre 14 y 17 años, situándose la media de edad en los 16 años.

Diferentes expertos consultados apuntan a varias posibles explicaciones. Entre ellas, destacan la mayor concienciación sobre la salud mental —que facilita la detección y el acceso a servicios especializados—, la presión social derivada del uso intensivo de redes sociales y un contexto cultural en el que la autoexigencia y el rendimiento se han convertido en valores centrales. También influye la persistente estigmatización de los trastornos mentales en algunos entornos, que retrasa la búsqueda de ayuda profesional hasta que la situación es insostenible.

La depresión se caracteriza por una sensación persistente de desesperanza, pérdida de interés en actividades antes placenteras y un profundo cansancio. Sus síntomas afectan al pensamiento, a la conducta y a la capacidad de relación con el entorno. En el caso de los adolescentes, estos signos pueden confundirse con cambios propios de la edad, como el aislamiento social, la irritabilidad o la falta de motivación, lo que dificulta el diagnóstico temprano.

Los profesionales insisten en la importancia de la intervención precoz tanto en el hogar como en la escuela. Reconocer señales de alerta —como alteraciones severas del sueño, descenso brusco en el rendimiento escolar, apatía persistente o verbalizaciones sobre daño a uno mismo— puede resultar clave para activar los mecanismos de apoyo y evitar complicaciones futuras. También subrayan la necesidad de reforzar los recursos de salud mental en el ámbito público y de mejorar la coordinación entre pediatría, psicología y psiquiatría.

En el marco de esta jornada mundial, los especialistas recuerdan que la depresión es tratable y que el acompañamiento familiar, el acceso a terapia y el seguimiento profesional adecuado marcan una diferencia significativa en la evolución de los jóvenes afectados. La prevención, concluyen, pasa por escuchar más, juzgar menos y promover un entorno en el que hablar de salud mental no sea motivo de silencio, sino un acto de cuidado.

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