Más de la mitad de los españoles sitúa la pérdida de peso entre sus principales objetivos personales, especialmente tras periodos como las fiestas navideñas, cuando los hábitos alimentarios y la actividad física suelen relajarse. Con la llegada del nuevo año, propuestas como “ponerse en forma” o cambiar de manera rápida la alimentación vuelven a ganar protagonismo, reflejando un contexto social en el que el peso corporal se ha convertido en un indicador central del bienestar y el autocuidado.
Esta tendencia no es anecdótica. Según datos del International Health Study, más del 50 % de la población en España reconoce que perder peso forma parte de sus prioridades, una cifra que evidencia hasta qué punto el control del peso se ha integrado en la forma de interpretar la salud. Sin embargo, esta normalización conlleva riesgos cuando se traduce en prácticas sin supervisión profesional, como dietas restrictivas o la eliminación de determinados alimentos.
El Ministerio de Sanidad advierte de que comportamientos aparentemente cotidianos —como intercambiar consejos dietéticos o seguir pautas nutricionales sin respaldo especializado— pueden derivar en desequilibrios nutricionales con consecuencias relevantes para la salud física, el bienestar psicológico y la vida social. Lo que comienza como una preocupación común puede evolucionar hacia problemas más complejos si no se aborda con criterio sanitario.
Los trastornos alimentarios, una prioridad en salud mental
En este contexto, los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) emergen como una realidad creciente para el sistema sanitario. La Organización Mundial de la Salud los considera una prioridad en salud mental, especialmente entre niños y adolescentes, y estima que alrededor del 5 % de la población mundial presenta algún tipo de TCA, aunque muchos casos no llegan a diagnosticarse. Esta situación subraya la importancia de la prevención y la detección temprana de conductas de riesgo.
Tal y como explica Daniela Silva, especialista en Medicina Interna y E-Health Medical Manager de Cigna Healthcare España, estos trastornos no afectan únicamente a la relación con la comida. “Pueden tener implicaciones en la regulación hormonal, el metabolismo energético y la masa muscular, provocando fatiga persistente, alteraciones del descanso y cambios en el apetito”, señala. A largo plazo, añade, estos desequilibrios pueden derivar en déficits nutricionales severos y afectar al sistema cardiovascular.
Ante este escenario, se alerta de señales de riesgo cada vez más normalizadas, como la obsesión por la comida, el control constante del peso o el impacto de estas conductas en la vida social y emocional. Evitar comidas en compañía, experimentar cambios emocionales difíciles de explicar o desarrollar una percepción distorsionada del propio cuerpo son indicios que, mantenidos en el tiempo, pueden deteriorar de forma significativa la calidad de vida y requieren atención profesional temprana.
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