LOS KIKOS TV: UNA CONQUISTA DEL ESPÍRITU

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La noticia cayó como un confeti tardío en una verbena de barrio: Kiko Hernández y Kiko Matamoros inauguraban canal en YouTube bajo el rimbombante nombre de Los Kikos TV. Se anunció -cómo no- como la revolución de las redes, el programa más transgresor y gamberro desde que alguien decidió que gritar era un género periodístico. Y, fieles a la épica, aplazaron el estreno tantas veces, que el suspense terminó pareciéndose más a la siesta que a la vanguardia.

El banderazo de salida llegó, finalmente, con un casting presentado como “equipo de investigación”. Detectives, dijeron. Investigadores, prometieron. Y ahí comenzó la comedia de situación: la solemnidad del anuncio contrastó con el contenido, confirmando una verdad incómoda del ecosistema digital: no todo lo que se bautiza como ‘revolución’ sobrevive al primer directo. Pero -ojo- no confundamos el ruido con la sustancia. Porque, más allá del sketch, lo relevante aquí es otra cosa: el derecho a la asociación creativa, a la pareja artística, a la búsqueda de la felicidad profesional. Sí, incluso (y especialmente) cuando el pensamiento abstracto no es el punto fuerte y la adaptación al medio digital se hace cuesta arriba. ¡Vamos abuelos!

Conviene decirlo alto y claro: las personas con discapacidad intelectual tienen derecho a formar parejas artísticas y a perseguir su bienestar como cualquier otra. El encuentro interpersonal es una experiencia fundante del ser humano. Ya lo advirtió Pedro Laín Entralgo: “el encuentro nos hace ser”. Y si algo hay en Los Kikos TV es encuentro. Dos hombres que se reconocen necesarios el uno para el otro, que se apoyan sin pedir permiso al buen gusto y que construyen una comunión creativa basada en la repetición, la confianza y ese calor afectivo que da saberse acompañado cuando la cámara se enciende… o cuando no hay guión.

La relación profesional -como la afectiva- no exige certificados de lucidez ni oposiciones al talento. Exige deseo, constancia y una cierta fe, en que el otro sostendrá el plano cuando flaquee el foco. En ese sentido, Hernández y Matamoros cumplen con el expediente: se necesitan, se retroalimentan y, a su manera, se cuidan. La seguridad psicológica que se desprende de esa alianza es palpable; también la satisfacción que nace de compartir escenario. ¿Qué razón podría invocar alguien para privar a esta pareja de su proyecto? ¿Qué derecho existe para impedir que dos monstruos del plató establezcan una comunidad de humor y oficio?

El argumento de la ‘calidad’ suele aparecer con toga y martillo. Pero la calidad -esa palabra tan elástica- no es un requisito previo para existir, sino una consecuencia eventual del trabajo y del tiempo. A veces llega; a veces no. En cualquier caso, no es una frontera ética. Defender el derecho a la relación creativa implica, si hace falta, eliminar restricciones absurdas: desde el algoritmo caprichoso hasta la condescendencia del espectador profesionalizado. Aquí, por tanto, se pide algo muy concreto: apoyo. Apoyo del público fiel -ese de movilidad reducida, curtido en tardes televisivas- y, si es necesario, ayuda familiar para que ese público domine ‘la internet’ y pueda pulsar el botón de suscripción sin temor a romper nada.

El sarcasmo es un recurso, no un salvoconducto para la crueldad. Reírse del formato, del retraso, del casting pomposo, del titular hiperbólico… todo eso entra en la tradición satírica. Lo que no entra es negar derechos. Porque la necesidad de apoyarse en otro y de ofrecer apoyo incondicional es universal. Es la esencia de toda comunión artística. Y Los Kikos TV, con su estética de sobremesa y su ambición de altavoz, ofrece exactamente eso a sus integrantes: calor, seguridad y la certeza de que ambos son piezas necesarias en el engranaje del otro.

Mientras esperamos el éxito, nos llega otra noticia: la pareja artística participará en el nuevo reality de los Gemelos, La Cárcel de los Gemelos, también en YouTube. Un reto -dicen- de encierro y resistencia. Nada que asuste a dos veteranos del plató, expertos en sobrevivir a décadas de armario metafórico. Tres semanas de charco no parecen gran cosa para quien ha pasado medio siglo en el trastero de la parrilla. La experiencia, en ese punto, es una ventaja competitiva.

Al final, quizá la revolución no esté en el contenido ni en el número de detectives, sino en algo más sencillo: la persistencia. En seguir. En encontrarse. En no pedir permiso. Los Kikos TV no inaugura una nueva era de la comunicación, pero sí recuerda una verdad básica: crear juntos es un derecho. Amar -también profesionalmente- es una necesidad. Y a veces, entre aplazamiento y aplazamiento, entre hype y bostezo, ocurre el milagro mínimo: dos personas se sostienen, se miran y siguen adelante, a pesar de su deficiencia mental. Eso, amigas y amigos, ya es bastante más transgresor que la espectacularización de unos oligofrénicos.

José Antonio Rulfo.

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