…La guerra de Irán atraviesa una fase en la que los hechos sobre el terreno compiten, en igualdad de condiciones, con los relatos que los distorsionan. Y en ese terreno narrativo, la figura de Donald Trump vuelve a imponerse con su estilo inconfundible. Una mezcla de hipérbole, crudeza y una capacidad que le haría figura destacada del Club de la Comedia…
Su última declaración, refiriéndose al príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman, resume bien el tono: “no pensó que me besaría el culo… y ahora tendrá que ser amable conmigo”. Más allá de la vulgaridad, el mensaje es claro: Trump concibe las relaciones internacionales como una jerarquía personal, donde la lealtad no se negocia, se exige. En este marco de humillación, Arabia Saudí no es tanto un aliado estratégico como un actor que debe alinearse bajo presión, en un tablero donde la diplomacia se reduce a la chabacanería de una dominación simbólica.
El problema es que la guerra rara vez obedece a ese tipo de simplificaciones infantiles.
Según la narrativa impulsada desde Washington, el objetivo inicial era el cambio de régimen en Irán. La decapitación del líder supremo, Ali Khamenei, habría sido el punto de inflexión. Sin embargo, incluso aceptando ese relato, el resultado dista mucho de ser una victoria clara. La historia reciente evidencia que haber eliminado al líder no ha desarticulado el sistema político. Por contra, lo ha radicalizado.
Tras el fracaso de ese primer y único objetivo, el foco ha virado hacia el control del Estrecho de Ormuz, una arteria energética global que, irónicamente, permanecía abierta antes del conflicto. Es decir, se plantea como logro estratégico aquello que previamente era un statu quo funcional. Ahora, el paso, previa aprobación iraní, exige un peaje. Ni Abundio.
Mientras tanto, otro giro llamativo: el levantamiento de sanciones sobre el petróleo ruso e iraní. En términos clásicos de geopolítica, esto podría interpretarse como un intento de estabilizar mercados o evitar un colapso energético global. En términos trumpianos, encaja mejor como una maniobra táctica dentro de una narrativa más amplia; declarar victoria mientras se improvisan nuevos objetivos sobre la marcha.
Y es que Trump ha proclamado el triunfo en “innumerables ocasiones”. El problema es que esa victoria no parece ser reconocida por el otro lado. Desde Irán, la respuesta ha sido intensificar el lanzamiento de misiles, con impactos que, según diversas afirmaciones, están dejando Tel Aviv como un solar, y las bases estadounidenses en el Golfo han sido pulverizadas. La disonancia entre la retórica de victoria y la realidad de los ataques continuados plantea una pregunta incómoda: ¿victoria para quién, exactamente?
En paralelo, Trump presume de haber iniciado conversaciones para un alto el fuego. Aquí entra en escena Abbas Araghchi, quien además de rechazar cualquier oportunidad de diálogo tras la traición en la ronda de conversaciones anteriores de Witkoff y Kushner —conocidos como Yakko y Wakko en EE.UU.—, el ministro afirmó que las negociaciones serían de Washington consigo mismo. Una frase que encapsula la percepción iraní de que el conflicto está siendo definido unilateralmente por EE. UU., tanto en sus objetivos como en su narrativa.
Y por si todo esto no fuera suficiente, Trump ha añadido un elemento novelesco al revelar que el incendio en el buque insignia, el portaaviones USS Gerald Ford —que lo ha dejado fuera de servicio durante más de un año—, habría sido resultado de un ataque desde “17 ángulos diferentes”. La imagen es potente, pero también plantea dudas: ¿se trata de información clasificada desvelada con ligereza, de una exageración calculada o de una pieza más en el relato épico que intenta construir? Desde luego, lo que no plantea duda, es el número de asistentes a las multitudinarias manifestaciones que, en su contra y bajo el lema “No King”, se han producido en todos los estados del territorio americano.
Trump ha optado por una estrategia comunicativa que no busca coherencia, sino impacto.
Declara victoria mientras el conflicto sigue activo. Redefine objetivos cuando los iniciales no se cumplen. Convierte aliados en subordinados retóricos. Y transforma incidentes ambiguos en pruebas de agresión espectacular.
El resultado es una sensación global de inestabilidad profunda. Porque si la guerra se gana en el relato, basta con proclamarla ganada. Pero si se mide en términos materiales —control territorial, capacidad militar, estabilidad regional—, la situación apunta más bien hacia una escalada sostenida.
Mientras tanto, el mundo observa con una mezcla de incredulidad y preocupación. Los mercados tiemblan, las alianzas se tensan y se está generando una crisis sin precedentes que dibuja un horizonte devastador.
Quizá la ironía última sea esta, que en una guerra donde todos dicen estar ganando, la única certeza es que todos estamos perdiendo.
José Antonio RULFO
