Todo parece normal cuando encuentras a alguien como tú, pero esa persona es la excepción, no la regla. La regla, en cambio, es otra cosa: sirve para medir, para golpear, para corregir desviaciones e incluso para urgencias de farmacia. Con ella se trazan límites que luego otros se encargan de romper con total impunidad.
Siempre nos dijeron que recordar es vivir, que vivir es sentir, que sentir es amar. Lo que no nos advirtieron es que amar, en este mundo, implica dejar de entender con la mente. Las estructuras mentales no resisten demasiado tiempo cuando la realidad te golpea una y otra vez contra la pared. Al final no queda teoría, sólo queda el impacto.
Me estoy cansando. No es una fatiga pasajera, es un desgaste estructural. Me cansé de cómo nos tratan. Ya no creo en los hombres, o al menos no en esa versión repetida, casi clónica, que aparece una y otra vez con distinto nombre y los mismos gestos. Me fallaste tú, sí, pero sería ingenuo pensar que fue algo individual. Nos fallaron todos.
Cupido no se equivocó: directamente se suicidó el día que entendió que sus flechas eran de paja y cartón piedra. No podían volar. Nunca pudieron. Lo que vendíamos como destino no era más que una escenografía mal sostenida.
Y, sin embargo, hay actuaciones que merecen aplauso. La tuya, sin ir más lejos, fue magistral. De esas que se celebran de pie en las tablas del engaño, donde la verdad entra sólo como figurante y sale siempre derrotada.
Ella no era así. Conviene recordarlo. Era dulce, confiada, casi ingenua, con esa fe intacta que sólo tienen quienes todavía no han sido atravesados por la experiencia. Pero el tiempo madura incluso a los aguacates, y no todos acaban en buen estado. Algunos caen, se golpean y se pudren antes de poder servir a nada.
Así se fue transformando en otra cosa: en una especie de hada sin alas, sin impulso, sin ganas de volver a intentarlo. Perdió el fiel de la balanza en un mundo donde unos lo dan todo y otros se limitan a recoger para negar. Un sistema imposible de equilibrar porque las reglas siempre las escriben los mismos que después las manipulan.
Mientras tanto, la vida continúa con una normalidad impostada. Ella sigue saliendo a entrevistar, a hacer su trabajo, a fingir que todo está bien, a vender una sonrisa que no siempre le pertenece. Por dentro, sin embargo, arrastra el peso de encuentros irreales, de historias construidas en la mente enferma de quienes fabrican sueños rotos en serie.
Eso deja marca. Es como un tatuaje que va pasando de cuerpo en cuerpo. Algunas mujeres lo llevan visible, como si alguien hubiera decidido marcar su piel con la señal de propiedad de una ganadería cualquiera. Otras lo esconden mejor, pero la marca está ahí. No desaparece. Es la huella del que maltrata, del que utiliza y sigue su camino como si nada, buscando nuevas presas con una ligereza casi profesional.
El patrón se repite. Antes había corazones dibujados sobre nubes rosadas; ahora lo que hay son restos, cráneos frescos de relaciones que no llegaron a ser nada o que lo fueron todo durante demasiado poco tiempo. Los discípulos de este modelo se reconocen entre sí: misma boca, mismos gestos, misma voz cuidada que en algún momento se quiebra y se convierte en otra cosa más primaria, más violenta.
Hemos terminado convirtiendo lo que debía ser un espacio íntimo y protegido en un mercado. Se intercambian aullidos por ligueros, dignidad por braguitas, amor propio por migajas de atención. Todo funciona bajo una lógica de saldo permanente, donde casi nadie paga el precio real de lo que toma.
Y luego están los datos, que no entienden de metáforas. Más del 70% de las víctimas de violencia de género en España son mujeres. La mayoría de los feminicidios los cometen parejas o exparejas. La inmensa mayoría de agresores sexuales son hombres. Aun así, en el terreno cotidiano, en el emocional y en el sexual, muchos siguen operando desde la exigencia máxima y la entrega mínima, con la facilidad de quien sabe que puede desaparecer sin consecuencias.
Rapúnzel niña hechicera , échame tu cabellera para ponerle pelo a Milhaus.
No, esto no es un desahogo. O no sólo. Es, más bien, un espejo incómodo. Uno en el que aparecen ligueros rotos, braguitas olvidadas en el suelo y conciencias que han aprendido a mirar hacia otro lado para no tener que asumir lo que reflejan.
La pregunta, a estas alturas, ya no es qué está pasando, sino hasta cuándo vamos a seguir llamándolo normal.
Me marcho a cambiarme el corpiño por una camisa de fuerza o un andador que quiero ser astronauta de la NASA, para ir a la piscina en la que se graban los viajes a la Luna de Valencia…
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
