NOTIFICACIONES FANTASMAS O EL SÍNDROME DEL MÓVIL QUE NO SUENA

La hiperconexión digital puede general problemas de salud mental

LA DEPENDENCIA AL TELÉFONO HA DEJADO DE SER UNA CUESTIÓN DE TIEMPO EN PANTALLA PARA CONVERTIRSE EN UN ESTADO DE EXPECTATIVA PERMANENTE

Para aquellos que tendemos cierta edad, ocasionalmente nos pasaba (tiempos anteriores del móvil) que escuchábamos una puerta abrir o el teléfono sonar. Incluso que alguien nos llamaba. Y no, no estábamos locos era simplemente que estábamos esperando eso que ocurriera. Y no ocurría u ocurría con algunos minutops de antelación.

Con la llegada del móvil eso ha desaparecido y lo hemos sustituido por lo que los expertos llaman notificaciones fantasmas, esa experiencia de revisar el dispositivo sin motivo o incluso percibir alertas inexistentes. Y no estábamos locos antes y no lo estamos ahora (por lo menos aparentemente). Pero no es un comportamiento sano.

Según Gloria R. Ben, psicóloga de Qustodio, esto ocurre porque el cerebro, habituado a la sobreestimulación, interioriza un patrón de inmediatez y llega a “anticipar” estímulos que no han sucedido. “El cerebro se acostumbra a esperar impactos constantes y genera la sensación de que el dispositivo se activa incluso en silencio”, explica la experta.

Desde Qustodio advierten que estos comportamientos reflejan una evolución hacia niveles de dependencia normalizados. La necesidad de conexión total está modificando patrones cognitivos y emocionales, especialmente en los jóvenes, transformando la relación con la tecnología en un estado de alerta casi permanente que altera la percepción del entorno.

Ese síndrome de las notificaciones fantasmas, ¿tiene alguna repercusión en el estado de salud mental general de las personas?

Sí, totalmente, aunque a primera vista parezca algo sin importancia. Al final, lo relevante no es tanto el problema en sí, sino lo que refleja: que estamos en un estado de alerta constante. Es como si el cerebro estuviera siempre “en guardia”, esperando estímulos. Y eso, mantenido en el tiempo, puede generar ansiedad, nerviosismo y, sobre todo, esa sensación de no desconectar nunca del todo.

Además, aquí se suma otro factor importante: la atención. Muchas veces estamos haciendo una cosa, pero con una parte de la cabeza pendiente de si llega algo al móvil. Esa especie de “atención dividida” hace que estemos más dispersos y menos presentes.

Y todo esto junto, esa alerta constante y esa dificultad para concentrarnos del todo, acaba influyendo en cómo nos sentimos a lo largo del día y en nuestro bienestar mental general.

¿Podría convertirse en un problema generalizado de salud mental? ¿Los gobiernos deberán implementar medidas?

Más que hablar de un problema clínico como tal, lo vería como un cambio de hábitos que ya es bastante generalizado. Cada vez nos cuesta más sostener la atención porque estamos acostumbrados a estar en “modo multitarea”, con una parte de la mente siempre pendiente del móvil. Y eso no solo afecta a la concentración, sino que también puede generar ansiedad: esa sensación de estar siempre esperando algo, de no querer “perderse” nada. Poco a poco eso va pasando factura, tanto a nivel atencional como emocional.

Entonces, más que prohibir o limitar, que es complicado, la clave está en educar. Igual que en su momento se hizo con otros hábitos, aquí hace falta mucha educación digital: entender cómo nos afecta la tecnología y aprender a usarla mejor.

Al final, se trata de un reto bastante colectivo, que pasa tanto por políticas públicas como por lo que se haga en casa y en los colegios.

¿Desde cuándo se ha empezado a notar este síntoma, desde hace unos cinco o más años?

Es verdad que en los últimos cinco o diez años se ha intensificado muchísimo, pero más que poner una fecha concreta, lo importante es entender que ha sido un cambio progresivo.

Antes usábamos el móvil, pero ahora vivimos con él. Las notificaciones, las redes, la mensajería constante… todo eso ha hecho que pasemos a un modelo de atención mucho más fragmentado y a una relación cada vez más dependiente de la tecnología. Y el cerebro se adapta a eso: se acostumbra a cambiar rápido de foco y a estar pendiente de múltiples estímulos a la vez.

Por eso ahora vemos más claramente fenómenos como las notificaciones fantasma, que en el fondo son una consecuencia de esa hiperconexión constante y de esa dependencia que hemos ido desarrollando poco a poco.

¿Hay otros síntomas que pueden preocupar también con la aparición de las llamadas notificaciones fantasmas?

Sí, y de hecho es importante verlo como una señal dentro de un conjunto más amplio. Más allá de las propias notificaciones fantasma, lo que suele aparecer es una mayor dificultad para sostener la atención durante un tiempo prolongado, esa sensación de que te cuesta acabar tareas sin interrupciones o que necesitas estímulos constantes. También se ve mucho cansancio mental, porque el cerebro está continuamente cambiando de foco, y eso agota.

A nivel emocional, puede haber más irritabilidad o inquietud, sobre todo cuando no hay acceso al móvil o cuando no llega ese estímulo que, de alguna manera, el cerebro ya espera. En el fondo, no es solo el fenómeno en sí, sino todo lo que hay detrás: una forma de funcionamiento más acelerada, más dispersa y, en muchos casos, más dependiente de la estimulación constante.

El gran problema de este tiempo parece la concentración, ¿qué recomendaciones concretas se deben implementar para no caer en esas distracciones constantes?

Ahora mismo uno de los grandes retos es recuperar la capacidad de concentración. Es importante entender que no es solo que haya muchas distracciones fuera, sino que hemos acostumbrado al cerebro a funcionar con interrupciones constantes. Por ello, hay que “reentrenarlo” poco a poco.

Una de las claves más básicas, pero eficaz, es reducir las notificaciones a lo realmente importante. Cada aviso es una interrupción, y por pequeña que parezca, rompe completamente el foco.

Por otro lado, resulta muy útil trabajar en bloques de tiempo sin móvil, aunque sean cortos, de entre 20 y 30 minutos. Al principio puede costar, pero es la manera de volver a acostumbrar al cerebro a centrarse en una única tarea.

Otra recomendación que puede ayudar a cambiar mucho los hábitos es no tener el móvil a la vista mientras trabajas o estudias. Solo verlo ya activa esa expectativa de que puede pasar algo, facilitando así la distracción. Y, en la medida de lo posible, conviene evitar la atención dividida e intentar hacer una cosa cada vez. Aunque parece evidente, hoy en día no es lo más habitual.

Al final, más que grandes cambios, se trata de pequeños ajustes cotidianos que ayudan a salir del modo automático y a recuperar poco a poco la concentración.

Es evidente que la IA es el presente y el futuro de la sociedad y no es viable que nuestros hijos estén ajenos a ella: ¿Cómo enseñarles a sacarle el máximo partido sin que afecta a su bienestar emocional?

En este caso el enfoque tiene que ser de equilibrio y acompañamiento. La inteligencia artificial va a formar parte de su vida sí o sí, así que el objetivo no es evitarla, sino enseñarles a utilizarla correctamente. Esto empieza por algo fundamental: que entiendan que es una herramienta, no un sustituto de su propio pensamiento. Puede servir para aprender, inspirarse o resolver dudas, pero no deben dejar de pensar, equivocarse y esforzarse por sí mismos. De lo contrario, corremos el riesgo de que los menores se vuelvan dependientes de estas herramientas.

Otro punto clave tiene que ver con la gestión emocional y de la atención. Al igual que con el móvil, la IA puede ser muy estimulante e inmediata. Por eso es importante poner límites y, sobre todo, enseñarles a tolerar el aburrimiento, a estar sin estímulos constantes y a concentrarse en una sola tarea.

También conviene que comprendan bien su naturaleza: la IA no es una persona. Puede ser útil, pero no entiende las emociones como lo haría un ser humano. Todo lo relacionado con cómo nos sentimos o con nuestras relaciones se construye con otras personas, no con una máquina.

Además, es fundamental acompañarlos en el proceso: interesarse por cómo la utilizan, hablar con ellos y fomentar el pensamiento crítico. No deben quedarse solo con la primera respuesta que les proporcione la herramienta, sino contrastarla y valorarla para comprobar su fiabilidad.

Y, por último, no se debe perder de vista lo más importante: su desarrollo emocional ocurre fuera de las pantallas. Las relaciones, el juego, el tiempo sin tecnología siguen siendo imprescindibles.

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