Es difícil recordar a un ministro que haya degradado tanto el debate público desde un cargo institucional. El Gobierno pasó de presumir de tener un “pitbull” político a exhibir un orangután dialéctico, incapaz de distinguir entre la crítica política y el insulto personal. Porque el problema no es la contundencia; el problema es la ausencia absoluta de altura institucional.
Puente parece olvidar que un ministro no está para alimentar trincheras en X, sino para responder ante los ciudadanos. Y precisamente su gestión tampoco ha estado exenta de controversias. Durante su mandato ha impulsado una auditoría sobre actuaciones del anterior titular del Ministerio que acabó generando un enorme ruido político sin que produjera el efecto demoledor que se anunció. Mientras tanto, los problemas ferroviarios, las incidencias recurrentes y las explicaciones insuficientes han seguido ocupando titulares.
Cada comparecencia del ministro transmite la sensación de que el adversario político importa más que el ciudadano. Mientras los españoles esperan soluciones, reciben descalificaciones. Mientras esperan gestión, encuentran provocación.
Su enfrentamiento permanente con Isabel Díaz Ayuso tiene una explicación sencilla: la presidenta madrileña no ha renunciado a cuestionar públicamente al Gobierno de Pedro Sánchez y lo hace sin rodeos, con un estilo directo que irrita profundamente al Ejecutivo. La discrepancia política forma parte de la democracia; el insulto, no.
España atraviesa momentos suficientemente delicados como para exigir algo más que ocurrencias en las redes sociales. Los ciudadanos necesitan ministros que gestionen, no comentaristas que coleccionen aplausos de su propia parroquia.
Porque cuando el fuego arrasa montes, viviendas y vidas, el último espectáculo que esperan los españoles es contemplar a un miembro del Gobierno ejerciendo de agitador profesional desde su teléfono móvil.
La política puede ser apasionada. Puede ser firme. Puede ser incluso incómoda. Pero un ministro nunca debería olvidar que el cargo exige ejemplaridad. Cuando el insulto sustituye al argumento, quien pierde no es el adversario político; es la dignidad de la institución que representa.
Sólo tenemos que dar una vueltecita por las redes para ver lo ‘muy valorado’ que está este ministro al que invitamos que califiques en tu cabeza, porque si es capaz de imaginar que no te gusta, te bloquea, te llama fachosfera… vamos lo de siempre.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
