La búsqueda de alternativas al ocio nocturno tradicional y a la hiperconexión digital ha comenzado a consolidarse entre la juventud madrileña. Ante el sentimiento de soledad urbana y el uso constante de dispositivos electrónicos, un número creciente de jóvenes busca entornos al aire libre para entablar relaciones personales más cercanas, saludables y espontáneas.
Entre estas iniciativas destaca Altara, una comunidad fundada por Ricardo Díaz, un madrileño de 25 años que decidió dar un giro a su vida tras experimentar el desgaste del ritmo nocturno y urbano. Tras completar sus estudios universitarios y pasar una etapa en Londres, Díaz inició un proceso de terapia y realizó un voluntariado en una granja de los Alpes italianos. La experiencia de recorrer los Dolomitas y llevar una rutina vinculada a la tierra le llevó a crear un proyecto centrado en la montaña como espacio de salud mental y social.
El proyecto dio sus primeros pasos con eventos como “Altara Vertical”, un encuentro en un rocódromo de Madrid que combinó escalada y música para unos 200 asistentes, además de bautismos de escalada en roca en La Pedriza. Sin embargo, para las salidas a la sierra, la comunidad limita la asistencia a grupos reducidos de entre 10 y 20 participantes con el fin de evitar aglomeraciones, preservar la tranquilidad del entorno y facilitar que personas que no se conocen conecten rápidamente. La oferta del colectivo abarca también actividades urbanas como sesiones de yoga en Madrid Río, talleres artísticos al aire libre y viajes comunitarios.
Esta tendencia se enmarca en un fenómeno regional más amplio donde coinciden iniciativas institucionales y agrupaciones independientes. Entre ellas se encuentra el “Campamento Modo Avión” de la Comunidad de Madrid, donde decenas de jóvenes conviven durante diez días en la naturaleza sin teléfonos móviles ni pantallas. Asimismo, plataformas comunitarias como Madrid Mountain —que agrupa a más de 7.000 miembros— o colectivos tradicionales de senderismo facilitan rutas semanales por enclaves como Peñalara o La Pedriza, consolidando la montaña madrileña como un punto neurálgico de desconexión y bienestar interpersonal.
