MARICARMEN HAZNOS UN DECRETO O UNA LATA DE CABALLAS

…Los 80.000 caballas de la lata de Ceuta empiezan a perder la salmuera. La gracia, la paciencia, la confianza y hasta ese aceite de oliva que engrasa los piñones de una ciudad acostumbrada a convivir con sus propias diferencias. Han pasado dos meses desde la entrada masiva de decenas de miles de personas por la frontera ceutí y la ciudad sigue soportando una crisis que ya no puede explicarse como una emergencia de unos cuantos días. Según las cifras publicadas estas semanas, miles de migrantes continúan todavía en Ceuta y la capacidad de acogida sigue tensionada -más de 15.000-….

Sesenta días y sesenta noches después, los vecinos siguen esperando algo tan elemental como que alguien se plante allí, mire a la cara a los ceutíes y explique qué ocurrió, qué está ocurriendo y cuándo piensan devolver a la Ciudad una mínima sensación de normalidad. Porque desde Madrid todo parece más pequeño. Desde Madrid las colas no ocupan una calle. Las playas no duermen llenas. Los vecinos no cambian sus rutinas. Los padres no calculan por dónde van a volver sus hijos. Los policías no terminan un turno para comenzar otro. Los comerciantes no tienen que preguntarse qué demonios ocurrirá la semana siguiente, porque ya saben que les llegará un nuevo estacazo.

Desde Madrid, Ceuta cabe en una nota de prensa. Y quizá ahí esté una parte del problema. El delegado del Gobierno en Ceuta, Miguel Ángel Pérez Triano, terminó dimitiendo el 28 de septiembre después de semanas de presión y del escrutinio sobre la respuesta institucional a la crisis. Él mismo sostuvo que su oficina carecía de autoridad operativa sobre determinados aspectos de la frontera y que no tuvo advertencia previa suficiente de la magnitud de la entrada. Mientras tanto continúa una investigación sobre lo ocurrido.

Pues estupendo. Entonces la pregunta es todavía peor: ¿Para qué coño sirve un delegado del Gobierno si, cuando llega una crisis de esta magnitud, resulta que no manda, no sabe, no puede o no le avisaron?

No es una pregunta contra una persona. Es una pregunta contra una arquitectura administrativa que demasiadas veces aparece magnífica para cortar cintas y extraordinariamente difusa cuando toca asumir responsabilidades. Ceuta no necesita un virrey de cartón piedra. Necesita una cadena de mando que funcione. Y si no funciona, alguien tendrá que explicar por qué. Mientras tanto, en Madrid, un caso concreto de vivienda ha conseguido algo que Ceuta lleva semanas pidiendo a gritos: convertirse en prioridad política.

Maricarmen Abascal fue desahuciada y Pedro Sánchez anunció inmediatamente un decreto con su nombre convertido ya en símbolo político. El Gobierno aceleró medidas sobre alquileres, desahucios y protección de personas vulnerables después de la conmoción provocada por su caso. Perfecto. Protejan a Maricarmen. Y ahora, por favor:

MARICARMEN, HAZNOS UN DECRETO PARA CEUTA.

Porque resulta difícil explicar a 80.000 españoles que llevan dos meses soportando las consecuencias de una INVASIÓN DE NUESTRO TERRITORIO por qué una tragedia individual es capaz de activar el Consejo de Ministros y una ciudad entera parece necesitar llenar la Puerta del Sol para conseguir el mismo nivel de atención. No se trata de enfrentar dolores. Se trata precisamente de lo contrario. Si el Estado puede reaccionar con urgencia ante la vulnerabilidad de una persona, debería ser capaz de hacerlo también cuando una ciudad entera soporta una situación excepcional.

El propio Felipe VI calificó esta semana lo ocurrido en Ceuta de “inaceptable” y reclamó que Europa comparta la responsabilidad de afrontar este tipo de crisis en las fronteras exteriores de la Unión. Hasta el Rey ha terminado verbalizando algo que los caballas llevan semanas diciendo: esto no es un asunto local. Es España. Es frontera europea. Es seguridad, inmigración, política exterior, convivencia y es humanidad también.

Porque aquí hay dos obligaciones simultáneas y ninguna elimina a la otra: tratar dignamente a quien ha cruzado una frontera y proteger la vida cotidiana de quienes ya viven al otro lado.

Lo que no sirve es abandonar a ambos. Apoyando las cabezas de unos en almohadas de satén y a nuestros servidores en almohadas de basuco. No sirve mantener a personas durante semanas en condiciones precarias y tampoco sirve pedir a los vecinos que acepten indefinidamente una situación excepcional como si se hubiera convertido en paisaje urbano. Eso no es política migratoria. Eso es administrar una emergencia hasta conseguir que parezca normal. Y ahí está la verdadera obscenidad. Ceuta corre el riesgo de acostumbrarse a aquello a lo que jamás debería acostumbrarse. A que la excepcionalidad dure. A que los problemas se enquisten. A que cada administración señale a la siguiente. A que Marruecos aparezca y desaparezca del relato dependiendo del día. A que Bruselas observe. A que Madrid comunique. Y a que los caballas aguanten. Hasta que dejan de aguantar.

El Gobierno asegura haber realizado devoluciones y ampliado dispositivos de acogida, aunque dos meses después miles de personas siguen en la ciudad y buena parte de la crisis continúa sin una solución definitiva. Por eso la pregunta ya no puede ser solamente cuántos llegaron. La pregunta es cuánto tiempo considera aceptable el Gobierno que Ceuta permanezca así. Una semana es emergencia. Un mes es crisis. Dos meses empiezan a parecer una decisión. Y cuando una situación provisional comienza a convertirse en permanente, la política ya no puede esconderse detrás de la palabra “gestión”.

Tiene que responder. Que comparezcan los responsables. Que publiquen las cifras reales. Que expliquen las repatriaciones. Que detallen el coste. Que aclaren la participación de las ONG. Que expliquen qué competencias tenía cada uno antes, durante y después del 30 de julio. Y que alguien se presente en Ceuta sin treinta asesores, cuarenta fotógrafos y una declaración previamente plastificada.

!A escuchar¡ Porque quizá descubrirían algo extraordinario: Los ceutíes no están pidiendo milagros. Están pidiendo Estado. Pedro Sánchez ha descubierto que ponerle un nombre humano a un decreto funciona. Pues aquí tiene otro nombre.

CEUTA.

No tiene 87 años. Tiene siglos. No vive en un piso. Vive entre dos continentes. No pide que suspendan un desahucio. Pide que no la desahucien de la tranquilidad, de la seguridad y de la confianza en el país al que pertenece. Y no ser ciudadanos de cuarta…

Así que, presidente, cuando termine de legislar para Maricarmen, mire al sur. Muy al sur. A nuestro amado SUR. Allí sigue habiendo una Ciudad, de momento, esperando. Y a lo mejor no hace falta otro decreto con nombre de persona. A lo mejor basta con algo todavía más revolucionario: gobernar.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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