España no está en 1936. Pero hay palabras, odios, acampadas, trincheras y gestos que deberían obligarnos a recordar cómo empiezan las cosas que después nadie sabe detener.
¿Será otro experimento? ¿Querrá el hijo de la Gran Rusia meternos también en su conflicto? ¿Estamos mirando demasiado hacia fuera, mientras dentro seguimos descosiéndonos?
Ucrania continúa en guerra con Rusia, ocupando aproximadamente una quinta parte de su territorio y sin un alto el fuego estable a estas alturas de octubre de 2026. España, afortunadamente, no está en una guerra, bueno eso es lo que parece…. ¿Te sentarías con Abascal a debatir? ¿Cenarías con Irene Montero?… Pero sí está enfadada, polarizada y metida en unas elecciones anticipadas convocadas para el 29 de noviembre, en medio de protestas por la vivienda, enfrentamiento institucional y una desafección democrática que algunos estudios sitúan en niveles preocupantes.
Y entonces conviene abrir el libro.
La Guerra Civil española no comenzó porque una mañana millones de españoles se levantaran con ganas de matarse. Llegó después de años de deterioro político, violencia callejera, asesinatos, miedo, discursos incendiarios, enfrentamiento social y una quiebra creciente de confianza en las instituciones. El asesinato de José Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936, fue uno de los acontecimientos que aceleraron una conspiración militar que ya estaba en marcha. Cuatro días después comenzó la sublevación contra la República. No fue una discusión de Twitter. Fueron tres años de horror, muerte y sangre, que hoy nos acompaña, después de un parón en el que nadie era ‘facha’ -paletos eso son los fascios italianos. ¡Ah!, entonces cómo decía la ‘roja’ Salivilla: FACISTAS, o rojos con cara y cuerpo de demonios… ¡Vaya panda de masa sin forma ni discurso!.
Por eso comparar exige cuidado. España no vive hoy aquella situación. No hay columnas militares avanzando hacia Madrid ni milicias tomando cuarteles. Pero sí existe algo que debería inquietarnos: cada vez hablamos menos con el adversario y más sobre el enemigo. Y, cada vez nos estamos acostumbrado más a ver que ocupan nuestras calles con soflamas políticas, y, los ciudadanos de a pie, pasamos miedo, no nos gusta y la LIBERTAD es que podamos, al menos, transitar por nuestras calles sin ver cómo insultan a nuestros vecinos por no llevar el pelo mordido o tirantes de la bandera de España. Como divertimento matemático opus 69 he de decir que los presentadores de las TelePedros se han puesto banderas de España en las muñecas… Luego sacan la bandera republicana en las manifestaciones, pero la santa policía sólo tiene orden de acosar y putear a los que llevan la del ‘pollo’. Las otras: las de los palestinos, Hamás y sus muertos andan enfrente del despacho de Ayuso, culpable de todo lo que se puede ser culpable. En las próximas elecciones de Madrid, y, lo siento por los ‘Lobatos’, la hostia va a ser histórica, porque en Madrid hay política, decisiones, presupuestos y una Presidenta que nos honra… Pero, ahí empieza el problema.
El Gobierno lleva años construyendo un relato en el que cualquier crítica puede convertirse en sospecha de involución y cualquier cesión propia acaba justificada porque enfrente siempre hay algo peor, aunque no sea real. El sistema de ayudas, subvenciones y transferencias públicas merece fiscalización rigurosa, pero afirmar que se conceden para “comprar votos” exige pruebas que hoy no pueden darse por supuestas, pero si por sabidas… ¿Verdad Leire? Pero, lo mismo ocurre con las elecciones.
Puede haber denuncias, errores, polémicas sobre el voto por correo o sospechas políticas. Pero hablar de urnas amañadas sin evidencias sería regalarle a cualquiera la posibilidad de desacreditar todo lo demás. Si existen irregularidades, denúnciense y demuéstrense. Si no existen pruebas, no fabriquemos una guerra electoral imaginaria. Aunque los antecedentes den para pedir ayuda internacional… Porque precisamente de eso trata la historia: de lo que ocurre cuando dejamos de distinguir entre sospecha, hecho y hecho sospechoso ya vivido… ¡Qué contradicción de lucha interna me llevo!.
La presión fiscal, el precio de la vivienda, la pérdida de poder adquisitivo, la dependencia de ayudas públicas, las dificultades para acceder a servicios y el cansancio ciudadano, sí son problemas reales. También lo es un clima político en el que cada bando parece necesitar demostrar que el otro no está equivocado, sino que es ilegítimo. Y frente a eso tenemos una oposición que quiere llegar. Pero querer no basta. Feijóo afronta el 29-N como una oportunidad prácticamente definitiva y las encuestas publicadas fuera del CIS lo sitúan con ventaja, aunque el resultado sigue dependiendo de la movilización y de cómo se repartan los votos entre PP, Vox y una izquierda fragmentada.
El PP lleva demasiado tiempo convencido de que basta esperar a que Sánchez se caiga solo. Error. Un Gobierno no se sustituye señalando sus ruinas. Se sustituye ofreciendo una casa mejor. Y Vox tampoco puede vivir únicamente del enfado. El enfado moviliza, pero no administra hospitales, no arregla trenes y no redacta presupuestos. Si la derecha quiere gobernar, deberá demostrar algo más difícil que protestar: que sabe gobernar junta sin convertirse en otra pelea permanente entre los Arizas y el resto…
Mientras tanto, la izquierda no puede seguir creyendo que cualquier protesta social le pertenece por derecho hereditario. La crisis de la vivienda ha encendido una movilización real, hasta convertir la muerte de Maricarmen Abascal en un símbolo nacional -de coña-, pero convertir el dolor de una ciudadana en santoral electoral tampoco solucionará una sola hipoteca. Y ahí estamos. Unos invocando fascistas. Otros comunistas. Unos viendo golpistas. Otros dictadores. Unos hablando de traición. Otros de resistencia. Y millones de españoles preguntándose por qué demonios cada problema termina convertido en otra guerra cultural. España no está en 1936. Repitámoslo. Pero tampoco deberíamos jugar a 1936. Porque las guerras civiles empiezan mucho antes del primer disparo. Empiezan cuando dejamos de admitir que el que piensa distinto sigue perteneciendo al mismo país. Cuando las palabras pierden peso y las instituciones dejan de ser de todos, la verdad se vuelve una cuestión de camiseta, porque nadie escucha, porque todos están esperando su turno para chillar y descalificar.
Putin tiene su guerra. Zelenski tiene la suya, que le echan…
Nosotros tenemos todavía algo mucho más valioso: la posibilidad de no fabricar la nuestra, para tener que contar que un cuadro de toros es un bombardeo… ahí empieza la gran mentira. Cuando hacemos valedor de nuestros principios y derechos a una calle que está contaminada. Los españoles no somos así… Esto son minorías incontroladas y pagadas por los Soros intereses…
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
