Y no es una exageración literaria. En 2024, la Unión Europea dependía de las importaciones para cubrir el 57 % de sus necesidades energéticas. El continente que protagonizó la Revolución Industrial continúa siendo incapaz de garantizar por sí mismo una parte fundamental del combustible de su economía.
Europa produce automóviles, medicamentos, maquinaria, alimentos, tecnología industrial y conocimiento. Pero cada vez tiene más dificultades para competir en precio, velocidad e innovación. Mientras Estados Unidos disputa el liderazgo tecnológico y China consolida su poder industrial, nosotros celebramos cumbres para decidir cómo organizar la siguiente cumbre. Mario Draghi puso cifras a la enfermedad: Europa necesita inversiones adicionales del orden de 750.000 a 800.000 millones de euros anuales para recuperar competitividad, modernizar sus infraestructuras y reducir sus dependencias estratégicas.
Y mientras tanto, una parte de la ciudadanía se rebela. Contra el precio de la vivienda, contra la pérdida de poder adquisitivo, contra instituciones que parecen escuchar mejor las estadísticas que a los ciudadanos. No existe una única rebelión europea, sino múltiples frustraciones que amenazan con alimentar una misma desconfianza.
La gran tragedia no sería que Europa se derrumbara por un ataque exterior. Sería que terminara debilitándose por dentro, incapaz de distinguir entre proteger lo que ha conseguido y renunciar a todo aquello que necesita hacer para conservarlo.
Porque las civilizaciones no desaparecen solamente cuando alguien las conquista. También pueden apagarse cuando dejan de comprender qué las mantenía encendidas.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
