Martes, 26 Mayo 2015 16:25

OPINIÓN: Una jornada particular

Entrevisto el panorama desde un observatorio que goza de las condiciones apropiadas, mirado desde la más absoluta neutralidad y el escepticismo, he llegado a la conclusión de que todo este proceso electoral no es más que un abuso cínico de nuestros políticos que, desde su deshumanización ética, tienen una sospecha muy pobre del ciudadano medio; la idea de un ser plano, ingenuo e incluso tierno. Y no seré yo quien quite la razón a estos desespiritualizados, todos capaces de prometer el oro y el moro a excepción de García Albiol que tan solo ofreció el oro y quizá gracias a ese detalle ha conseguido aguantar el tirón en Badalona.

Lo más asombroso de tanta desfachatez, de esta adulteración fraudulenta del ideal de político demócrata, es que no parece importar demasiado a la parroquia. Solo los defraudados que esperaban prosperidad y que siguen con ese sentimiento de vida insuficiente le han dado la espalda al partido del señor desvaído con cara de aficionado a la zarzuela (al género) que seguirá encerrado en su palacio sin rumbo y sin grandeza, impermeable a la realidad y señalando la crisis económica como su talón de Aquiles. Don Tancredo ha sufrido la estremecedora cogida del toro cornimonumental del desencanto, se le observan hasta seis cornadas, alguna de doble trayectoria, que afectan a todos sus órganos de dirección y por donde desangra autonomías y ayuntamientos a borbotones. El parte de defunción ya ha quedado redactado y será enterrado en su CAJA B.

El gran porcentaje de votantes que han reincidido en depositar su confianza en los políticos del PSOE ni tan siquiera sabe quienes son estos en realidad, pero cree en ellos a pesar de su contrastada inutilidad y envilecimiento. Y es que como apunta la ONU somos un país de viejos, y añado, incapaces de superar el prejuicio de nuestras convicciones políticas. Esta insistencia en premiar el clientelismo, este llover sobre mojado, me recuerda a aquel jardinero de Sevilla tan subordinado a su obligación, que se encontraba regando en mitad de un gruesa tormenta de lluvia. Acto surrealista cuestionado por un ciudadano al que respondió: “No, “enterao”, si te parece echo serrín a las flores”. Para dos medallas queda la satisfacción de Sánchez: “Somos el partido más votado de la izquierda”.

También poco estimulante y hasta para el abatimiento, resulta el análisis de la inocencia violada de los votantes de los partidos emergentes. Formaciones personalizadas en dos Zoroastros que se proclaman como el cambio necesario contra el deterioro de la democracia. Argumento comprado en avalancha por ese millón y medio de jóvenes que han perdido la virginidad en la urna y que sin ser dueños de una vida lograda sueñan con tenerla pronto. Una tesis meramente ilusoria, irreal y maniquea, pues la ineficacia de la democracia oligárquica ni obedece al gobierno de los partidos, ni depende en mayor o menor grado de sus escándalos de corrupción. Tal deterioro no existe más que en la mente de quien desee creerlo, pues el sistema está basado en la elección de un número reducidísimo de candidatos que previamente han sido seleccionados y designados por la oligarquía. Sí, incluida Ada Colau -la activista antideshaucios que ha desahuciado a Trías del ayuntamiento- todos y cada uno de ellos, antiguos o nuevos aspirantes, forman parte del mismo juego y obedecen las mismas reglas; una retorcida estrategia diseñada por los dueños del dinero para que las estructuras del sistema no se alteren en lo más mínimo.

Pero lo que realmente convierte todo este juego en un pozo de desesperanza y de exasperación es la pedestre coronación que de la sabiduría del pueblo hacen ganadores y analistas de bufanda. Un dèjá vu, una letanía que rezan al hilo de su triunfo ensalzando a esos treinta y cinco millones de seres a los que han despreciado y tratado como auténticos retrasados mentales durante cuatro años. Eso sí, transcurrido el recuento -ese tiempo lentísimo impregnado de solemnidad religiosa para los candidatos- los tontos útiles son elevados a la categoría de sabios en una exorbitante metamorfosis que encierra todo un prodigio; un milagro que deja la multiplicación de los panes y los peces a la altura de la caja de trucos de Magia Borrás.

Además del pesimismo derrotista que me provoca el consenso político-ciudadano que sostiene esta sociedad, me asusta la certeza de encontrarme ante el hombre unidimensional de Marcuse -paria educado para la producción y el consumo que se deja dominar pacíficamente- y para quien sólo se me ocurre la receta del racionalismo y la búsqueda y averiguación de sí mismo. A tal fin propongo el cambio de la jornada de reflexión para el día posterior al de las elecciones. Una jornada particular para meditar sobre lo que estamos haciendo con nuestro país mientras los políticos se reparten el botín. Quizá así dejemos de ser tontos sin solución de continuidad y aprendamos a controlar las pulsiones que anteceden a nuestros actos de irresponsabilidad. Skinner lo tenía claro: “El auténtico problema no es si las máquinas piensan, sino si lo hacen los hombres”.

Antonio de La Española