Martes, 01 Diciembre 2015 09:49

OPINIÓN: El contubernio del show business y la política

“En esta vida la primera obligación es ser totalmente artificial. La segunda todavía nadie la ha encontrado.” (Oscar Wilde)

¡Caramba! Hay que desear mucho el poder para aspirar el tufo a naftalina que desprende el programa de una María Teresa Campos tan lejos de su apogeo, y, una vez sentado frente a la gran madre de lo insustancial, hacer una exhibición pública de ti mismo. ¡Carajo! Hay que ser todo un caballero para, sofocando cualquier exclamación de desasosiego, dejarse entrevistar por un señorito de palurdo gracejo que destetado hace sesenta años se hace llamar Bertín. ¡Caray! Tiene mérito tenerlos delante y no arrear un guantazo a Trancas y otro más fuerte a Barrancas en lo que sería una acción plenamente justificada contra la imbecilidad.

Porque, después de todo, deben ser gente excelente nuestros políticos que muestran su rostro más inofensivo en esas intervenciones de autobombo, en las que buscan captar el voto de una parte del analfabetismo secundario. Actuaciones frívolas en las que, quizá, por no tener muy desarrollado el sentido del ridículo, se entregan a charlas sin ton ni son que exigen la agotadora tarea de mantener el nivel de concentración necesario para no decir nada inteligente durante una hora. Aunque, si tenemos en cuenta que el medio televisivo debe su éxito, en partes iguales, a su absoluta imbecilidad y a la incapacidad crítica del espectador, no debemos descartar que todo esté milimétricamente medido con el fin de no asomar rastro de inteligencia. Pues, estos programas que rinden un empalagoso culto a la personalidad no admiten ofender a la audiencia emitiendo algo que se salga de lo frívolo, dado que es exclusivamente en su artificialidad congénita donde radica su aceptación: la superficialidad que hace imposible poder observar diferencias esenciales de valor informativo entre la entrevista “humana” a un candidato a la presidencia, y la no menos “humana” que le puedan hacer a cualquier octogenaria artista de variedades que lleve la perdición pintada en sus ojos.

Este tipo de espectáculos están deliberadamente despojados de talento por estar diseñados al gusto de un consumidor que demanda una adormidera artificial que le haga desconectar de sus problemas. Para disfrutarlos plenamente se necesita acomodarse en el sofá con el firme propósito de alcanzar el absoluto estado de alienación que genera el congreso entre la desconexión mental y lo insustancial de la vida de un entrevistado que se muestra en pelota picada. Pero que nadie piense que la audiencia se traga lo que la echen; se trata de un público muy exigente que para entregarse reclama su empacho de obscenidad, alimento que debe servir el invitado que pretenda ganarse su simpatía. Esa es la razón por la cual no encontrarán una pregunta inteligente que comprometa en nada al entrevistado. Estamos ante el desiderátum de cualquier avezado productor televisivo: nada que vehicular ante el vacío absoluto que produce un político cuando no habla de política. ¡Eureka!

Lejos de caer en la desesperación comienza a ganarme la idea de que quizá suponga todo un logro democrático poner el medio al servicio de la captura del voto de unos desinformados que, en su calidad de seres de intelecto obtuso, carecen de la mínima capacidad de análisis, de concentración o incluso de memoria. Quién sabe si no nos estamos acercando a la democracia real sin tener que hacer tanto ruido como aquellos badulaques de las tiendas de campaña. Pues, como no me canso de sostener: más que un régimen político, la democracia es una filosofía política de muy grata aceptación por parte de la imbecilidad que ni entiende de política, ni le interesa.

Esta nueva clientela es realmente de admirar, encarna una especie zombi que reduce su análisis de los asuntos políticos a una cuestión de gracia y afecto. Así, reconducir al sufragio a esta parte de la ciudadanía que debe profesar ciegamente en el horóscopo y la quiromancia nos acerca a la perfección democrática, pues ellos representan el voto de mayor calidad al no estar intoxicados por la prensa, ni manipulados por espacio informativo alguno. Y reconociendo que todos estamos hartos de la repetitiva palabrería y de las promesas incumplidas, y con el escaso margen de maniobra que deja estar sometido a las directrices económicas dictadas por Mario Draghi... tal vez, ese empeño que persigue el fin de hacerse con el voto de ciudadanos para los que la belleza de lo trascendente queda tan lejos de sus posibilidades, sea un alumbramiento que perfeccione el sistema.

Les prometo que empiezo a encontrarle el punto a que nos gobierne el menos feo, el menos aburrido, el más telegénico o el que la tenga más corta. Por tanto, me adhiero sin reservas a lo sustancial del contubernio. Eso sí, por favor y por reverencia a la razón, que el espectáculo acabe pronto.

Antonio de La Española