Lunes, 21 Marzo 2016 09:35

Lovely Rita, Rita Barberá y que dimita Rita la Cantaora

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Los defensores de la belleza, que venían a corregir tantas cosas, se han aprendido la frase “parece que dimitir es un apellido ruso más que un verbo” y la sueltan con alegría cuando vuelcan sus críticas contra el enemigo. Idéntica alegría es con la que se pasan por el forro su compromiso con el código ético en el que estamparon su firma antes de las elecciones. Claro, que también acusaban a la casta de convertir las instituciones en agencias de colocación de familiares y amigos y con la misma alegría han hecho de esa práctica un abuso.

El caso Rita Maestre es un ejemplo palmario de la degradación de sus ideales y el reflejo de la praxis de una moral y una teoría que mutan y se adaptan a los intereses del momento. La degradación fraudulenta que Manuela Carmena hace de la libertad de expresión en defensa y justificación de su protegida es delirante: “...importante hacer constar esa sensación de que la libertad de expresión, en este momento y tal y como se deduce de la sentencia, ha tenido una interpretación subjetiva, restrictiva...” que una ex jueza ponga en tela de juicio una sentencia a todas luces benévola, y, que incluya en la libertad de expresión las amenazas de muerte y los insultos y además los justifique estableciendo diferencias individuales en la mayoría de edad penal, únicamente puede obedecer a esa manipulación de conciencias ingenuas que ha sido siempre práctica habitual en lo que este inescrupuloso rojerío encuadraba dentro de esas “viejas políticas” que prometía corregir.

George Orwell, socialista, libertario y anticomunista, en “Rebelión en la granja” retrató la corrupción moral de este tipo de políticos que, siendo más astutos que la media ciudadana, prometen acabar con los privilegios de la casta. En la fábula son despóticos cerdos improductivos que, alcanzado un poder omnímodo, enmiendan en su tabla de mandamientos “Todos los animales son iguales” por “Todos los animales son iguales pero algunos más iguales que otros”. No me extraña que, aun siendo manipulables nuestras conciencias, en Madrid esté cayendo en picado el partido de la hermosa Rita.

La otra Rita, la simpar Barberá, salvada en su día por la campana del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana que decidió no imputarla en el Caso Nòos pese a que el juez instructor encontraba en su actuación más delitos de los que se ven en una película de Tarantino, ha salido de la cueva para proclamar su inocencia en una rueda de prensa en la que trascendió los límites de la soberbia.

Ella, que fue figura descollante, debe creer seguir siendo la misma que durante un cuarto de siglo personificó un gobierno donde coexistieron el crecimiento desmesurado y el mal gusto, la buena gestión y promociones de despilfarro y las buenas apariencias y las prácticas corruptas, todo en un tiempo de rufianes que convirtieron el PP valenciano en una fábrica de nuevos ricos. El pasado viernes, afirmó haber aceptado el “ofrecimiento del juez” para que declare, dejando la sensación de querer vender que esa es la manera en la que ejerce su libertad su responsable persona. Luego, parapetada en la agresividad, buscando la persuasión en claro reflejo de culpa, se preguntó airada si además de encargarse del mensaje político, tenía que ser como Dios, y saberlo todo. Ante tanto desahogo, los vicesecretarios del PP se han visto obligados a colocar un abismo infranqueable entre el partido y una mujer tan patética. Todos la han dado la espalda menos un acogotado Rajoy cuya suerte dependerá de las infidencias que pudieran derivarse del canto de Rita, y que, suponemos, ya no se atreverá a escribir “Rita se fuerte” ni aun tras la deslealtad de la senadora con Grau, el que otrora fuera su amigo, que la señala culpable desde el banquillo de acusados del Caso Nòos. Ella, de momento, mientras descansa su orondo trasero en su sillón de aforada, ruge con voz de coronel: “No voy a dimitir”.

Pues eso... ¡Que dimita Rita la Cantaora!

Antonio de La Española