Miércoles, 24 Agosto 2016 08:11

La gran ola de mi vida

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“Ésta nos encanta, tú, si viene la buena, daleeee... no dudes ni un momento.” (Nat Young)

En la vida como en el mar las olas suelen formarse con un ritmo sincrónico, casi rutinario. Eso es lo cotidiano, lo único que ocurre cuando decidimos doblegarnos a vivir sin asumir riesgos tal y como nos han predicado que se debe hacer. Pero, no por ello se impide que sean muchas las ocasiones en las que fracasamos. Es entonces cuando el viento contrario sopla constante y con gran fuerza, aparentemente todo está opuesto a nuestra felicidad. Pero, aunque no seamos conscientes, ese fetch está formando gigantescas olas en nuestro particular arrecife. Se puede mirar hacia otro lado, se pueden ignorar, o, atendiendo la intuición, que debe utilizarse siempre para negociar el desafío ininterrumpido de la existencia, saber esperar y elegir bien para dejarnos la energía braceando hasta coger la gran ola mientras nos gritamos a nosotros mismos “no puedes dejarla pasar” enfrentándonos al reto con toda la gallardía que nos nazca.

Es simple, no es fácil, pero basta alcanzarla subir y girar. En ese mismo instante sientes una aceleración extraordinaria, eres consciente de que estás en el punto de no retorno. Se ha formado el tubo que es un túnel de agua interminable y tú ya estás de pie en la inestabilidad de la tabla. Puede que sientas vértigo, incluso que sufras una taquicardia producto de esa descarga de adrenalina bestial que produce estar colgado sin arnés a la altura de un edificio de ocho plantas, sabes que vas a surfear al límite de tus capacidades. Entonces es cuando comienzas un descenso vertiginoso por toda su cara en medio del silencio interior que produce el rumor ensordecedor del agua. Ves la sombra de un gigante que amenazante viene a por ti y la verdad que acojona. Pero disfrutas con el reto tratando de dejarlo atrás aunque comiences a sentirte exhausto mientras extiendes tu brazo y acaricias la pared, mides su distancia, sientes la velocidad y es como si toda la emoción contenida explotara en tu plexo solar. Tratas de convencerte de que vas a conseguirlo aunque tengas dudas, sacas todas las reservas de resistencia que ignorabas tener, sabiendo que puedes cantar victoria o que, tal vez, el agua se vuelque sobre ti engulléndote, clavándote en el fondo y ahogándote. Todo se ha vuelto una cuestión de respeto por uno mismo, has puesto toda tu voluntad pues lo que está en juego es tu vida que obliga a la felicidad.

Es muy que probable que sientas miedo, pánico. En cualquier caso, acabes como acabes, tienes la certeza de que habrá merecido la pena. Porque vivir es sentir una conexión tántrica, la unión espiritual con las bellezas que nos impulsan surfeando por la filosofía del todo o la nada y vivimos para morir sintiendo que el solo hecho de intentarlo justifica una existencia. Entender la vida de ese modo es lo que nos agiganta moralmente y hace que nos superemos a nosotros mismos. Puede que el final sea triste para los ciegos que no ven nada de la belleza que encierra el riesgo, pero nunca será pesimista para los que vivimos enamorados de las grandes olas.

La gran ola de mi vida, esa que mide mi dignidad y mi orgullo al tiempo que me genera un sinfín de emociones, la estoy surfeando después de desperdiciar el tiempo en olas que anunciaban ser mucho y no eran nada. Ésta, la definitiva, ha resultado ser lo que había soñado; es tremenda, y posee una fuerza y una belleza infinitas.

¡Suerte!

Antonio de La Española.

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