Algo está pasando en la especie. El catalán ha perdido el olfato comercial. Esta evolución regresiva está provocando temblores en las teorías de Charles Darwin. Parodiando al admirado filósofo Leonardo Polo, podríamos titular la película como “Del mono a Huguet y vuelta”. Estamos en la segunda fase, en el regreso. Seamos sensatos, y ampliemos el concepto de persona.
No existe turista británico o alemán, que recién llegado a Birmingham o Leipzig, sea capaz de demostrar que ha estado en España si no lleva la flamenca o el torito, o ese cartel donde comparte tarde con Ruiz Miguel y Esplá. El color de gamba torrada se puede comprar hoy en Túnez o en el Nilo. La flamencona, solo en España. Surgen de las maletas intactas, entre toallas con olor a coco, y tangas inverosímiles donde, ¡lásta!, no cabe una bandera. Son irrompibles, incombustibles, tienen calidad y ¡sorpresa!, se producen casi todas en Cataluña.
Huguet se pregunta de qué forma el turista podría demostrar que ha cambiado de país, que no se ha quemado la ingle en España sino en la nueva “realidad nacional”. Cualquier zoquete del g le dirá que vana es su esperanza. Desde su cretina potencia poner los nuevos iconos de la nación, Huguet sueña con desterrar las chochonas azabache. ¿Qué harán en las tómbolas chagas? Los calós ansían la prohibición que sería el naciento de un mercado negro, boyante, en el que las nenas raciales de plástico tendrían un precio astronómico, mercancía de prera, que un crudo escocés está dispuesto a dejarse las pestañas para certificar su paso Cambrils.
La única vía de salida es engordar la burocracia, crear una policía del gusto, siempre el bien de los ciudadanos, un cuerpo de mozos genuinos, vestidos de forma original, quizá falda y barretina, con el olfato entrenado para detectar restos de paella y sangría, manchas de calocho y vestidos de faralaes. Y a confiscar. Quizá con el tiempo estos jordis podrían sustituir en nuestros televisores al torito. En mi casa no, que hace un año coloqué sobre la pantalla un Carod, que es lo que se lleva, y ya no lo quito. Prueba, Huguet, quizá con ese muñeco consigues comerle el mercado a la flamenca.
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