“Adiós ríos, adiós montes”, lloraba Rosalía antes conocer este verano aciago en el que Galicia arde los cuatro costados. Los pirómanos han vuelto, como aves de paso de agosto, con su obsesión quemar rastrojos y prender fuego a los eucaliptos como si quisieran convertir el aire gallego en una sauna. Y se han encontrado con que la Junta gallega había desarmado sus brigadas a base de exigirles, en lugar de habilidad para el manejo de la bomba, la manguera, y la estrategia contra el fuego, un buen nivel de idioma gallego, que como se sabe, para el incendio es lo más eficaz. Las llamas se asustan ante el acento meloso y melódico de la lengua. Esa es quizá la razón la que no veremos en estos días las brigadas de voluntarios que asistieron como en una peregrinación laica a lpiar las costas de chapapote y a celebrar en las lonjas gallegas largas noches de ebria fraternidad. Arde Galicia y Narbona culpa a la cultura del campo gallego, a su costumbre de purificar los campos con el mechero de gas. Touriño no suspende sus vacaciones, aunque seguro que no está cazando como Fraga. Zapatero remoja sus pies en las aguas de la Mareta, y en Santiago de Compostela están acelerando los exámenes de gallego para la tropa de los retenes. Es triste, pero la Galicia progresista ya no interesa a nadie, y el fuego es un espectáculo para los telediarios, que no se ven que el resplandor del chiringuito no permite apreciar la agen y sus matices.
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