Patricia Crespo, directora de Comunicación Corporativa de NITID Corporate Affairs
Hoy, TikTok no es solo una red social de entretenimiento. Su capacidad para moldear la percepción pública a través de algoritmos opacos la sitúa en una zona gris: es, simultáneamente, una herramienta de comunicación revolucionaria para las marcas y un potencial activo de influencia geopolítica. En este contexto, la pregunta no es si es una red social o un arma de influencia, sino cómo gestionamos una plataforma que posee la infraestructura para ser ambas cosas a la vez.
El camino europeo debería ser el de la transparencia algorítmica y la soberanía de datos. Más que una prohibición total, que podría fracturar aún más la splinternet y sentar precedentes peligrosos para la libertad de expresión.
Europa debería exigir una “auditoría de influencia”. Esto implica que el cumplimiento de la Ley de Servicios Digitales (DSA) sea innegociable, obligando a la plataforma a abrir su “caja negra” algorítmica para garantizar que no existan sesgos dirigidos o interferencias externas en procesos democráticos.
No se trata de abandonar los canales donde está la audiencia, sino de entender la trazabilidad del riesgo. Las marcas deben habitar TikTok con una mirada crítica, siendo conscientes de que su presencia allí está supeditada a un tablero geopolítico volátil. La clave para Europa en 2026 no es el aislamiento, sino el liderazgo de una regulación que proteja al ciudadano sin renunciar a la innovación, transformando la amenaza en un estándar de seguridad digital para todo el ecosistema global.
Pavel Ramírez, consultor sénior de Estudio de Comunicación
Como sucede con cualquier red social, TikTok no es un arma en sí misma… pero potencialmente puede convertirse en una, dependiendo del uso que se le dé. Lo que resulta evidente es que, en el contexto geopolítico actual, hay que mirarla con lupa, ya que actúa como una infraestructura de atención. Y cualquier infraestructura que intermedia entre el contenido y millones de usuarios puede convertirse en vector de influencia si el sistema de recomendación es opaco, si su modelo de gobernanza es discutible o si hay dudas razonables sobre quién puede ejercer presión en última instancia. La gran pregunta es: ¿se debe vetar una red social (el canal) por estas cuestiones?
Países como India o Afganistán ya lo han hecho en los últimos años. Sin embargo, siguiendo una tendencia similar a lo que ocurre con la IA, Europa está apostando más bien por una regulación estructural (en vez del veto total).
Con marcos como el de la DSA, se apuesta por normas para impulsar las obligaciones de transparencia publicitaria, la mitigación de riesgos sistémicos o la protección de menores. Incluso se ha prohibido el uso en dispositivos oficiales para funcionarios de la propia UE. Pero nada más. La razón fundamental es que, en comunicación pública y reputación institucional, prohibir siempre suele ser el último recurso.
Especialmente porque se corre el riesgo de alimentar el relato de la censura, que puede ser jurídicamente controvertido o, peor aún, que puede generar un “efecto Streisand”. En mi opinión, todo se reduce a que, desde un punto de vista geopolítico, la influencia no depende solo de la plataforma, sino de la legitimidad percibida del mensaje, del mensajero y del sistema que lo amplifica.
En el mundo en el que vivimos no está muy claro si constituye un arma geopolítica más potente el algoritmo entero de TikTok o un simple tuit de Elon Musk en X.
