Cada 8 de marzo reivindicamos la igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito laboral y social, para erradicar la violencia machista y alcanzar la corresponsabilidad en cualquier sector de la sociedad. Pero poco se habla de la libertad sexual como derecho feminista y el acceso igualitario al placer, también para quienes tienen cuerpos no normativos o diversidad funcional. Ante esta realidad, desde JOYclub, comunidad basada en sexualidad liberal con más de seis millones de miembros, alzan la voz para hablar de libertad sexual en la agenda feminista y de derechos vinculados a la autonomía personal desde la perspectiva de las personas con discapacidad, por lo que desde PRNoticias abrimos este espacio para escucharlos.
En España, según el INE, hay más de 4,3 millones de personas con alguna discapacidad reconocida, el 58% de ellas mujeres. Sin embargo, la conversación pública sobre sexualidad rara vez incluye sus experiencias. Persisten silencios, infantilización y la idea implícita de que ciertos cuerpos no son deseantes o deseables. Es aquí donde Cecilia Bizzotto, socióloga, sexóloga y portavoz de JOYclub España, toma la palabra y nos cuenta cómo se construyen esos silencios en torno al deseo y qué papel juegan los estereotipos corporales en la exclusión de muchas mujeres del imaginario sexual dominante.
En esta entrevista, la experta reflexiona sobre la representación mediática de los cuerpos, desmonta mitos sobre la sexualidad de las personas con discapacidad y plantea qué cambios culturales, educativos y estructurales son necesarios para que el derecho al placer y a la autonomía sexual sea realmente inclusivo.
P: ¿Qué papel juegan los medios de comunicación y la industria audiovisual en la construcción de un ideal corporal que excluye otras corporalidades del deseo?
R: Ambas estructuras, los medios de comunicación y la industria audiovisual, tienen uno de los principales papeles en la construcción de los estereotipos de belleza y de la priorización de unos cuerpos por encima de otros. En la prensa, podemos ver innumerables ejemplos de artículos dirigidos casi exclusivamente a mujeres, enseñándonos a adelgazar, vestir de una manera determinada, tener la piel “sin imperfecciones”, no envejecer. Mientras, el cine, las series, las pasarelas de moda nos enseñan sólo un cierto tipo de cuerpos. La elección en un casting de un tipo de corporalidad no es baladí: está siempre realizada con una determinada mirada. Pensemos: ¿Cuántas mujeres con discapacidad hemos visto en el cine? ¿Cuántas mujeres gordas o con arrugas? ¿Cuántas personas con cuerpos que salen del estereotipo de belleza, conducen programas de televisión, noticiarios, protagonizan películas…? Todas esas ausencias construyen un imaginario cultural sobre lo “normal” y lo “raro”.
P: Desde la sexología, ¿cómo se redefine el concepto de “sexualidad plena” más allá de la apariencia física o la capacidad funcional?
P: Al contrario de lo que podamos pensar, la frecuencia sexual o de orgasmos que tengamos no es medidor de una sexualidad plena. Lo que las sexólogas ponemos en el centro es la satisfacción del individuo con su sexualidad. La satisfacción puede depender del nivel de educación sexual, de nuestra autoestima corporal, de si tenemos o no pareja, de si sentimos que nuestras fantasías son “son válidas”. Una persona con diversidad funcional puede o no tener una sexualidad plena, y eso dependerá de los mismos condicionantes en cualquier persona.
P: ¿Qué consecuencias tiene este mito en la autoestima y en la vivencia íntima de las mujeres con discapacidad u otras corporalidades no normativas?
R: Las personas con discapacidad son, a menudo, vistas como seres asexuados en nuestra sociedad. Se les infantiliza y habitualmente se les expropia de espacios para la intimidad y la erótica, especialmente si residen en instituciones o si están medicalizados. En las mujeres con discapacidad la vulnerabilidad en cuanto a lo sexual es todavía mayor, dado que tienen más riesgo de sufrir abuso sexual. Aunque parezca obvio, hay que recordar que las mujeres con discapacidad son personas deseantes y deseables, con una erótica rica que pueden desear masturbarse, tener sexo casual, hacer tríos o practicar BDSM.
P: ¿Qué herramientas educativas y sociales serían clave para promover una visión más inclusiva del placer, el deseo y la diversidad corporal?
R: Considero que lo más importante es dejar de poner en los márgenes a las personas con discapacidad o diversidad funcional. Estas personas deben ocupar espacio de poder, liderar equipos, actuar como protagonistas en películas (sin que su discapacidad sea la protagonista). Todas y todos necesitamos tener referentes sociales de la diversidad humana. Porque si no, acabamos creyendo que sólo ciertos cuerpos (o ciertas clases sociales, géneros, etnias…) pueden ocupar espacio. Por eso, creo que la herramienta educativa principal debe ser hablar del tema, nombrarlo, educar en la diversidad, proponer referentes, pensar los libros de escuela con una mirada que apueste por la diferencia.
P: ¿Qué cambios estructurales —en educación, políticas públicas o espacios de ocio y encuentro— serían necesarios para garantizar que todas las mujeres puedan ejercer su derecho a una sexualidad libre y plena?
R: Para que todas las mujeres podamos ejercer plenamente nuestro derecho a la sexualidad hace falta muchos cambios estructurales. Necesitamos que todas las personas reciban una educación sexual integral, de calidad, centrada en la inclusividad y la diversidad y que no se base sólo en hacer una clase al año de prevención de riesgos de ITS o embarazos no deseados. Necesitamos que las próximas generaciones aprendan desde peques sobre consentimiento, corporalidad, autoestima, vínculos saludables, diversidad corporal… Y esa educación sexual debe hacerse con un abordaje explícitamente anticapacitista, por lo que para elaborar los programas educativos hace falta que las personas con discapacidad pongan voz y voto en el desarrollo de dichos contenidos. Por otro lado, tenemos que poner en el centro el debate sobre el derecho al cuerpo de las personas con discapacidad. ¿Cómo asegura nuestra sociedad que una persona sin movilidad pueda tocarse y acceder a su erótica? ¿Qué recursos tienen realmente? Y, por último, necesitamos que los espacios de ocio y nuestra cultura sean realmente accesibles. No hablo solo físicamente, sino también en términos sociales y simbólicos: que cuestionen las normas capacitistas que suelen decidir quién es considerada deseable o legítima como sujeto sexual.
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