Aquellas fogatas nocturnas, levantadas para deshacerse de lo viejo y celebrar el final de la época de la muerte, terminaron convirtiéndose con el tiempo en algo mucho más elaborado. A alguien se le ocurrió añadir ‘muñecotes’ satíricos, luego escenas completas y, finalmente, auténticas esculturas gigantes a las que se adornaron con música y fuegos artificiales.
Así, cada marzo, Valencia vive una catarsis colectiva organizada con pólvora, madera, fuego, música y cazalla. Las Fallas no son sólo una fiesta popular: son una millonaria terapia de grupo donde el arte efímero, la crítica política y el ruido ensordecedor de la pólvora, se mezclan para dar la bienvenida a la esperanza del nacimiento de un nuevo ciclo. Declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, estas celebraciones convierten la Ciudad en un museo satírico de libre acceso con fecha de caducidad.
Porque si algo define a las Fallas es su humor afilado. La crítica social aquí no se escribe en columnas de opinión: se modela con serrín, cartón piedra y pintura.
En un año políticamente agitado en la Comunidad Valenciana, los artistas falleros han tenido material de sobra para tres ediciones. Entre promesas electorales que se evaporan más rápido que un petardo y debates institucionales que a veces parecen sketchs involuntarios, los ninots vuelven a recordarnos algo elemental: la política, merecidamente, está obligada a soportar una sobredosis de sátira.
Al fin y al cabo, la fiesta misma nació quemando lo que sobraba, lo que estorbaba.
Este año, la falla municipal —siempre fuera de concurso— ha decidido ir un paso más allá de la ironía local. El mensaje del Ayuntamiento de María José Catalá, involuntariamente, se ha alineado con el rentable “NO A LA GUERRA” de Pedro Sánchez. En el centro del monumento aparece Charles Chaplin inspirado en su película Armas al hombro, convertido en símbolo de paz y esperanza. La figura recuerda que el humor es una herramienta inservible para denunciar y detener el horror y la brutalidad de la guerra.
Así, este año, la falla del Ayuntamiento, que se acompaña con una mascletá de doscientos kilos de pólvora diarios, nos acerca a vivir una experiencia física que nos puede hacer imaginar la realidad, pues basta cerrar los ojos para sentir cómo el suelo tiembla, el aire se llena de humo y el ruido de la pólvora se instala en el pecho, como si fuese un segundo corazón, algo que, por fuerza, tiene que ser muy parecido a lo que sienten los habitantes de Beirut durante estos días.
El olor a pólvora, ese olor seco a amoníaco y azufre es, durante estos días, la fragancia oficial de Valencia, exactamente igual al olor del miedo que se respira en Tel Aviv.
Aunque para quien escribe, el verdadero fuego valenciano no está en la mascletà ni en la cremà, sino en la cazalla. Este aguardiente anisado, tan popular en la provincia, tiene la curiosa capacidad de encender a quien lo bebe desde dentro. Quema la garganta, calienta el pecho y, dependiendo de la cantidad ingerida, puede obrar el milagro de, por un momento, dejar de pensar en la que se nos viene encima.
También resulta peligroso el consumo irresponsable de este aguardiente, pues uno puede llegar a querer pasar por la hoguera purificadora del 19 de marzo a toda la clase política mundial. Pura higiene democrática en versión pirotécnica.
Si algo simboliza el fuego fallero es la renovación.
El clímax llegará con dos citas inevitables. El 18 de marzo, la espectacular Nit del Foc ilumina el cielo valenciano con un despliegue pirotécnico monumental. Y finalmente, el 19 de marzo, llega la Nit de la Cremà. Uno a uno, los monumentos que durante meses han requerido trabajo artesanal, creatividad e ingenio desaparecen entre llamas. En total, cerca de siete toneladas de pólvora arderán en las celebraciones, y, cuando todo termine, cuando sólo queden cenizas y el humo se disipe sobre la ciudad, Valencia volverá a su realidad.
Bueno, en el fondo todos saben que las Fallas cumplen una función casi filosófica: recordarnos que lo viejo, lo absurdo y lo que ya no sirve siempre se puede quemar, aunque si esto se llevara a su extremo, no sólo en Valencia sino en el mundo entero, no quedaría nada.
¡¡¡¡FELICES FALLAS!!!
José Antonio RULFO
