Hay algo profundamente litúrgico —y no precisamente elegante— en abrir una caja de cartón satinada como si contuviera un pañuelo de seda italiana, cuando en realidad alberga una palmera de chocolate de 16 euros.
Uno levanta la tapa con la misma solemnidad con la que, siglos atrás, un sacerdote mexica deslizaba la hoja de obsidiana sobre el pecho de un elegido. Cambian los utensilios, no la ceremonia. Cambia el altar, no la necesidad de creer que ese gesto —absurdo, excesivo, desbordado— sostiene el mundo.
El TLAKAMIKISLI no era una carnicería sin sentido: era ingeniería cósmica. El corazón palpitante ofrecido al sol era combustible, tributo, peaje ontológico. Sin sangre, el astro no salía; sin sacrificio, el universo se venía abajo como un soufflé mal horneado.
Hoy, en Chueca, entre escaparates efímeros y colas de devotos urbanos, la liturgia ha mutado. Ya no se arranca el corazón de un prisionero, sino que se despliega una palmera que cruje como un tórax dulce, laminado con precisión quirúrgica, barnizado en chocolate negro al 70%. El sacrificio ya no es humano, pero sigue siendo económico, simbólico y, sobre todo, ridículamente necesario para quien decide participar.
Ricardo Vélez —sumo sacerdote de la manteca ibérica— ha declarado su creación como la mejor palmera del mundo. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿mejor para quién? ¿Para los dioses del azúcar, que exigen grasa animal de Guijuelo en lugar de la vulgar mantequilla? ¿Para el consumidor que paga 16 euros por una pieza que, al morderla, no le revela ningún misterio cósmico más allá del colesterol? La sustitución de la mantequilla por manteca de cerdo no es una innovación, es un sacrificio gustativo elevado a categoría ritual.
El cerdo, como en tantas culturas, vuelve a ser víctima y mediador entre lo humano y lo divino. Nada nuevo bajo el sol, literalmente.
Pero lo verdaderamente fascinante no es la palmera en sí, sino su envoltorio. Esa caja que evoca más a Gucci que a una pastelería. Un relicario contemporáneo donde el objeto, con forma de corazón, no es solo alimento, sino símbolo de pertenencia. Abrirla no es comer, es participar en una narrativa. Es el momento exacto en el que el consumidor —ese pequeño emperador cotidiano— se convierte en sacerdote y víctima a la vez. Porque el verdadero sacrificio aquí no es la palmera: es el dinero, el tiempo de espera, la necesidad de formar parte de algo que, en el fondo, es tan efímero como el vapor de azúcar que se disipa tras el primer bocado.
Y en medio de este teatro grotesco aparece, cómo no, la figura del rey. No como monarca medieval, sino como consumidor ideal. El mismo que reconoce “abusos” en la conquista de México, como si la historia pudiera reducirse a una nota diplomática con tono de disculpa tibia. Resulta tentador imaginar en Chueca, observando la caja de la palmera con gesto grave, como si dentro no hubiera hojaldre sino una reparación simbólica de siglos. Porque si hubo sacrificios en Tenochtitlán, también los hubo —de otra naturaleza— en la llegada de Cortés y sus 500 hombres, convertidos ahora en cifra incómoda, en argumento político, en moneda de cambio discursiva.
Claudia Sheinbaum, por su parte, entra en escena como una especie de sacerdotisa contemporánea que decide que 16 euros no bastan. Que el precio debe subir a 42. Y en ese gesto, aparentemente económico, hay una lógica profundamente ritual: si el sacrificio no duele, no sirve. Si no hay pérdida, no hay trascendencia. Elevar el precio es intensificar la ofrenda, exigir mayor compromiso, tensar la cuerda hasta que el consumidor —ese devoto moderno— sienta que participa en algo más grande que él mismo, aunque sea una ficción cuidadosamente empaquetada.
La crisis bilateral, entonces, no es más que una prolongación de este teatro sacrificial.
¿Quién debe pedir perdón? ¿Quién es víctima y quién sacerdote? ¿Quién decide qué vidas —o qué narrativas— cuentan como sacrificio legítimo? Si los pueblos indígenas que se alzaron contra los aztecas no encajan en el relato, entonces estamos ante una selección ritual de la memoria, una edición interesada del pasado donde sólo ciertas víctimas son dignas de ser ofrecidas al altar del discurso político.
Y mientras tanto, en una esquina de Madrid, alguien abre una caja de cartón con cuidado casi religioso. Saca la palmera. La observa. La fotografía. La muerde. Y en ese gesto trivial se condensa todo: el deseo de pertenecer, la necesidad de justificar el exceso, la ilusión de que ese pequeño acto sostiene algo más que su propio capricho. Como los mexicas mirando al sol tras el sacrificio, esperando que vuelva a salir.
Spoiler: el sol saldrá igual. Con o sin palmeras de 16 euros. Con o sin disculpas reales. Con o sin cajas de diseño.
Pero hay un montón de idiotas, incluido nuestro rey, que parecen seguir necesitando creer que no. Que les pongan la palmera a 42.
José Antonio RULFO.
