La desinformación ha dejado de ser exclusivamente un problema informativo para transformarse en un riesgo económico sistémico a escala mundial, con un coste global estimado de 500.000 millones de dólares al año.
En el actual panorama corporativo, las campañas de manipulación, las reseñas falsas y los fraudes basados en Inteligencia Artificial (IA) impactan directamente en los mercados y en sectores altamente sensibles como el financiero.
Destaca especialmente la proliferación de deepfakes audiovisuales dañinos y no consensuados, los cuales se duplican aproximadamente cada seis meses. Esta tecnología ya está siendo utilizada para el cibercrimen, el fraude e incluso para suplantar la voz y la identidad de directivos (CEOs) en estafas millonarias.
Monitorización, agilidad y transparencia: el antídoto corporativo
Para hacer frente a estas crisis de reputación online, los expertos en relaciones públicas señalan que la improvisación es el mayor enemigo. El éxito en la gestión de crisis requiere adelantarse a los bulos mediante la monitorización constante, el análisis del entorno y la creación de un manual de crisis específico para fake news.
Cuando se detecta una amenaza, la estrategia más eficaz de las empresas consiste en ofrecer una respuesta rápida, transparente y sustentada en datos, utilizando las mismas redes sociales donde se originó la desinformación. Casos documentados en el sector alimentario demuestran cómo grandes compañías como Starbucks, Mercadona o Burger King han logrado sofocar “incendios” digitales desmintiendo rumores de forma directa, aportando informes y dialogando proactivamente con los usuarios.
Además, las organizaciones se apoyan cada vez más en la tecnología publicitaria y en herramientas forenses para combatir la manipulación. El uso de plataformas de fact-checking como Google Fact Check Tools, extensiones de análisis de vídeo como InVID, y detectores de bots como Botometer, resultan esenciales para que los equipos de comunicación identifiquen el origen de los ataques y coordinen sus defensas.
Integrar la desinformación en la gestión de riesgos
“La desinformación ya no es un fenómeno abstracto: es un riesgo económico tangible que afecta las decisiones de inversión, la estabilidad política y la cohesión social”, advierte Antonio Peñalver, Director General de Sopra Steria España. De la misma manera que ocurrió con la ciberseguridad hace dos décadas, “las organizaciones deben integrar la desinformación en su gestión de riesgos y desarrollar capacidades de vigilancia y respuesta”.
Más datos
La desinformación se aprovecha de lo que se llama la economía de la percepción: las reseñas falsas en el comercio electrónico influyeron en decisiones de compra por valor de 227.000 millones de dólares; además, las pérdidas bursátiles por manipulación informativa sumaron 60.000 millones de dólares, mientras que el fraude mediante deepfakes costó 11.000 millones, destacando casos como el desvío de 25 millones de dólares en la empresa Arup mediante la clonación de voz y rostro de su director financiero.
El contexto español: alfabetización y ciberdefensa
En España, la respuesta institucional se ha centrado en la resiliencia ciudadana y la seguridad técnica. La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) reporta que las administraciones públicas destinaron más de 300 millones de euros (329 millones en el acumulado trienal) a programas de alfabetización mediática entre 2023 y 2025.
Por su parte, el gobierno de España ha elevado su apuesta por la ciberseguridad, aprobando en 2025 un refuerzo de capacidades dotado con 1.157 millones de euros para proteger infraestructuras críticas ante ataques híbridos y desinformación.
La “gran asimetría” de la información
El informe de Sopra Steria, titulado “El impacto económico global de la desinformación. Costes financieros, sociales y políticos: midiendo para una mejor respuesta”, destaca una disparidad crítica: la desinformación es altamente rentable para quienes la difunden y extremadamente costosa para quienes la combaten. Se estima que plataformas como Meta generaron hasta 16.400 millones de dólares en ingresos publicitarios derivados de contenidos fraudulentos en 2024. En contraste, el presupuesto mundial para iniciativas de verificación descansa sobre cimientos frágiles, con 45% de su financiación dependiendo de un solo actor qué, paradojicamente, es el mismo que se beneficia de la desinformación: Meta.
Para el año 2026, la tendencia exige que las empresas no se limiten únicamente a desmentir información falsa, sino que asuman un rol proactivo en la alfabetización mediática y en la educomunicación de sus públicos. Contar con aliados estratégicos como periodistas, fact-checkers e influencers de confianza, así como mantener portales corporativos transparentes como fuente oficial de primera mano, será la garantía definitiva para construir un entorno informativo resiliente frente al lucrativo negocio de la mentira.
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