La mayoría de los días la política española es un vodevil, y luego están esos días en los que, como hoy, se convierte en una comedia de enredos dirigida por Berlanga. Lo último que ha sacado a la luz El Mundo encaja perfectamente en esta segunda categoría.
Mensajes privados, tensiones internas, responsabilidades que vuelan de un ministerio a otro y, en el centro del escenario, el vergonzoso rescate de Plus Ultra.
La escena arranca el 24 de marzo de 2021. Mientras varios medios publican el contenido del informe de la Agencia Estatal de Seguridad Aérea (AESA), dependiente del Ministerio de Transportes, el ambiente en el Gobierno empieza a calentarse más que el cenicero de un loco. El documento formaba parte del expediente que acabaría sobre la mesa de la SEPI, organismo adscrito a Hacienda, que finalmente dio luz verde a la delirante inyección de 53 millones de euros públicos para rescatar a la aerolínea.
Hasta aquí, podríamos pensar que estamos ante otro episodio más de gestión administrativa. Pero no. Aquí entra en escena el entonces ministro de Transportes, José Luis Ábalos, que, según las conversaciones de Whatsapp reveladas, no estaba tan entusiasmado con la operación como lo estaba con su novia Andrea.
En ese intercambio de mensajes, su secretario de Estado, Pedro Saura, lanza una sugerenciaque, en cualquier otro contexto, podría haber sido considerada una bomba política: trasladar al presidente la necesidad de suspender y revertir el acuerdo de Plus Ultra. Así, por las bravas. Y, por si fuera poco, añade una segunda reflexión igual de tranquilizadora: que la SEPI “está fuera de control”.
Es difícil no imaginar la escena sin cierta sorpresa. Un alto cargo sugiriendo que el organismo encargado de gestionar miles de millones públicos, ha perdido el timón, y proponiendo, además, abortar una operación que ya se había puesto en marcha. Todo muy normal, muy rutinario, muy de martes.
La respuesta de Ábalos, sin embargo, introduce el ingrediente clave de toda buena comedia política: el cálculo. Porque una cosa es lo que uno piensa, y otra muy distinta lo que está dispuesto a hacer, cuando las consecuencias incluyen un posible choque frontal con otro ministerio. En este caso, con Hacienda, liderado entonces por María Jesús Montero.
Ábalos, lejos de lanzarse a la heroicidad institucional, opta por la prudencia estratégica. O, dicho de otro modo, por no dinamitar la operación. No porque le pareciera impecable, sino porque hacerlo implicaba “hacer saltar por los aires” el acuerdo y, de paso, abrir un conflicto directo con Hacienda. Y eso, en su caso, era poner en riesgo su situación privilegiada. Podía hacerlo pero no tenía nada que ganar.
“Eso es indisponerme con Hacienda”, zanjó el ministro. Una frase que, traducida al lenguaje llano, viene a decir: “No me gusta esto, pero me gusta aún menos pelearme con mis compañeros de Gobierno”. Y así, entre convicciones y conveniencias, la operación siguió adelante.
Mientras tanto, el argumento oficial defendía que Plus Ultra era una empresa estratégica. Un concepto fascinante, por cierto, que en España parece tener una elasticidad digna de estudio. Porque uno siempre se pregunta: ¿estratégica para quién, exactamente? ¿Para la economía nacional? ¿Para determinadas rutas aéreas? ¿Para el equilibrio interno de un Consejo de Ministros donde cada decisión es una partida de mus? ¿O para el bolsillo de algún compañero de partido?
Lo verdaderamente llamativo de toda esta historia no es sólo el contenido de los mensajes, sino lo que revelan sobre el funcionamiento real del poder. Lejos de la imagen monolítica que a veces se proyecta, lo que aparece es un entramado de dudas, tensiones, equilibrios y, sobre todo, decisiones condicionadas por factores que poco tienen que ver con el interés general en abstracto y mucho con la supervivencia política en concreto.
Porque, al final, el rescate de Plus Ultra no sólo fue una operación económica. Fue también una golfería disfrazada de geometría política: quién asume el coste, quién se lleva el mérito y, sobre todo, quién evita quedarse como el responsable cuando las cosas se tuercen.
Y en ese reparto de responsabilidades, según estas conversaciones, José Luis Ábalos sintió que le estaban colocando una mochila que no le correspondía. De ahí su indignación al ver cómo el informe de AESA salía a la luz y parecía señalar directamente a su ministerio. Una jugada que, en términos políticos, equivale a aceptar un órdago a pares con dos pitos, cuando tu compañero te ha pasado treinta y una y estás a falta de tres.
El resultado fue una mezcla de incomodidad, resignación y cálculo táctico. Nadie quería el problema, pero tampoco nadie parecía dispuesto a asumir el coste de deshacerlo.
Así que la operación siguió su curso, los 53 millones encontraron destino engordando algunos bolsillos, el hermano de Jesulín de Ubrique encontró trabajo de piloto en la línea aérea y el episodio quedó, aparentemente, cerrado… jajajajajajajajaja…
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Y si algo nos enseñan estas conversaciones es que, detrás de cada decisión gubernamental, hay muchas más dudas de las que se reconocen públicamente, y bastantes más equilibrios de los que estos golfos admiten en rueda de prensa.
Pero tranquilos, que esto no ha hecho más que empezar. Porque del papel de José Luis Rodríguez Zapatero, Víctor de Aldama, Julio Martínez Sola y Roberto Roselli, nos ocuparemos otro día. ¡Eso!
José Antonio RULFO
