DE FUENCARRAL AL BURJ KALIFA

En la corrala del número 17 de la calle Monteleón de Madrid vive Cándida, la portera. Friega los escalones con agua sucia de fregar el pescado del día anterior y le huele el sobaco a cebolla rancia y a rencor antiguo. Cuando sube las escaleras se escucha el chapoteo de sus chancletas y el frufrú de su bata de flores descoloridas, que parece una cortina de burdel de los años setenta, en la zona de Fuencarral… ‘Tabaco y cerillas… y que cajetillas’, gritaban las niñas en la posguerra, vendiendo el caldo de gallina que les estraperlaban las mujeres de los generales del ‘honrado’ dictador…

Su marido, Zacarías, el Zaca -no les daba para más-  (al que todos llaman “el Stalin de Lavapiés”), era un monumental hiperlipémico, que llevaba tirantes rojos sobre una camiseta amarilla llena de lamparones. Lucía orgulloso una medalla de latón, que compró en el Rastro por doscientas pesetas y que jura que se la entregó el mismísimo Stalin, “por haber luchado por la libertad de los comunistas en la batalla de Teruel”. Nadie se atreve a decirle que Teruel queda un poco lejos de la calle Sagasta.

Don Constantino, el casero, era un hombrecillo seco, que se frotaba las manos como si estuviera contando billetes invisibles. No cobraba alquiler a las dos prostitutas del segundo derecha, porque cada vez que subía a “revisar la instalación eléctrica” las muchachas le  enseñaban las tetas y él salía de allí, con los ojos vidriosos y la bragueta a media asta, murmurando “Onán… Onán…” mientras se dirigía a su casa a cumplir con sus cilicios.

La portera Cándida, harta de fregar mierda ajena, se presentó a una oposición para ordenanza del Ayuntamiento de Bustarviejo. Se durmió durante la prueba práctica de limpieza de cristales, cayendo al suelo desde un piso 90 del Burj Kalifa, volando, aterrizó, pero ya no despertó.

Al Zaca, la última vez que le vieron, dicen que está con Stalin para comprar palomas torcaces y soltarlas en la Plaza Mayor, mientras cazaban mariposas con redes de mosquitera.

Desde entonces, cada vez que llueve, en la corrala se oye el eco de unas chancletas fantasma y un leve olor axilar y lejía barata.

Y en medio de todo esto, las flores de plástico del balcón del tercero siguen brillando, impasibles, como únicas testigos decentes de tanta locura.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

Salir de la versión móvil