…Nunca antes un político ha podido alcanzar el nivel de autoparodia que ha exhibido Fanta de Naranja en su última maniobra. El presidente estadounidense ha prorrogado indefinidamente el alto el fuego que, en la práctica, ni Israel ni EE.UU. están cumpliendo mientras asegura que todo forma parte de un plan cuidadosamente calibrado. La escena es propia del teatro del absurdo…
El presidente ha decidido, una vez más, congelar el conflicto apelando a una supuesta “grave división” en el gobierno iraní. Una división imaginaria, tan útil como oportuna, que permite justificar la inacción sin tener que reconocer lo evidente, que Washington está perdiendo la guerra y está atrapado en una estrategia sin salida. Porque lo que comenzó como una demostración de fuerza ha terminado en una especie de limbo operativo donde se bloquea, pero no se bloquea; se amenaza, pero no se actúa, mientras Irán resiste.
La frase clave “he ordenado a nuestras fuerzas armadas que continúen el bloqueo y, en todos los demás aspectos, que permanezcan preparadas”, suena menos a doctrina militar y más a una versión geopolítica del “agarrame que lo mato”. Mantener la tensión sin cruzar el umbral, amagar y no dar, es una estrategia para ganar tiempo sin admitir que lo que falta es precisamente una salida de ese callejón de tapias kilométricas.
La cancelación del viaje de JD Vance a Pakistán añade un matiz cómico a la jornada. Es un disparate más encerrado en un conflicto que coloca a la diplomacia en pausa, exhibe la mediación fallida y una narrativa que se reescribe sobre la marcha. Teherán, ni Islamabad, ni Washington han logrado articular algo remotamente parecido a una negociación real. La mediación pakistaní, en busca de notoriedad e invocada con delirante solemnidad, no ha servido absolutamente para nada.
Mientras, la situación desmiente el discurso oficial. El estrecho de Ormuz sigue “cerrado”, pero transitado. El bloqueo estadounidense “en vigor”, está perforado por buques chinos e iraníes que entran y salen con una naturalidad casi provocadora. Los petroleros en la sombra siguen abasteciendo, recordando que las sanciones son tan efectivas como lo permita la realidad. Y esta realidad tiene poco respeto por los comunicados.
Desde Teherán, el mensaje es cristalino. No habrá delegación hasta que Washington haga algo tangible. Y no, no quieren a los emisarios habituales. La exclusión explícita de figuras como Jared Kushner y Steve Witkoff (Wakko y Yakko), agentes sionistas no es sólo un gesto político, es una declaración de desconfianza estructural.
Si esto es una negociación, al menos que no parezca una extensión de otros intereses.
La ironía alcanza su punto máximo cuando el propio Fanta de Naranja admite, en una entrevista, que el alto el fuego ha servido para reabastecer a las fuerzas estadounidenses y probablemente también a las iraníes. Es decir, una pausa estratégica que beneficia exactamente a ambos lados por igual. Un empate técnico presentado como ventaja táctica.
Y ahí reside el verdadero problema. El presidente no está gestionando una escalada, sino intentando desescalar sin parecer que retrocede.
Quiere cerrar el episodio sin pagar el coste político de admitir que la presión no ha logrado doblegar a Irán.
Pero cada movimiento refuerza la sólida impresión de que la iniciativa ya no está en sus manos.
El callejón es evidente. Salir implica asumir desgaste: o endurecer el conflicto con riesgos imprevisibles, o negociar desde una posición menos dominante de la que se proyectó al inicio. Permanecer, en cambio, exige seguir alimentando una narrativa que cada día resulta más difícil de sostener y que está produciendo evidentes divisiones internas.
Así, el presidente fanfarrón que prometía decisiones contundentes, se encuentra administrando una ambigüedad prolongada. Un bloqueo que no es tal, un enemigo que ni cede ni cederá y una estrategia que más que resolver el conflicto parece diseñada para suspender el momento de admitir que esta guerra es un fracaso y nunca estuvo bajo su control.
José Antonio RULFO
