EKAIZER ENSEÑA SU VERDADERA CARA A CINTORA

En las redacciones de entonces había dos clases de personas: los que trabajaban y los que conseguían que pareciera que trabajaban los demás.

Los nombres cambian con los años, pero los modelos permanecen. El brillante con látigo, el mediocre con padrino, el cobarde con agenda, el trepa sonriente, el genio alcohólico, la secretaria que sabía más que todos, el maquetador que salvaba cierres y el becario que entraba idealista y salía fumando. En Cinco Días convivimos con esa fauna como quien comparte ascensor con animales exóticos y algunos venenosos.

Ernesto Ekaizer ‘dirigía’ con una mezcla de solemnidad importada y teatralidad doméstica. Tenía esa autoridad de quienes necesitan recordarla a cada minuto. El famoso altavoz interno desde su despacho no era una herramienta: era un instrumento musical del miedo.

—Peeeedrooooo…

Cada llamada suspendía el aire de la redacción.

Estaban también Carlos Bradac, señor y periodista serio en medio del barro; Salvador Martín Arancibia, que bastante hacía con sobrevivir sin perder la educación; Alberto Martínez, a quien Jesús Mota bautizaban cruelmente según el humor del día. En los periódicos siempre había gente decente rodeada de ruido.

Y luego estaban los artistas de la humillación. No hace falta exagerar: he visto entrar a redactores enteros en algunos despachos y salir reducidos a ceniza moral en diez minutos. Nadie lo denunciaba. Entonces al abuso lo llamaban carácter. La redacción funcionaba como una escuela de guerra. Aprendías a titular, a cerrar páginas, a detectar una mentira y, sobre todo, a reconocer al psicópata antes del café de media mañana.

Yo era joven, rápido y útil. Mala combinación para ciertos jefes. Cuando uno sirve de verdad, molesta más que el incompetente dócil. Me despidieron un mes antes de nacer mi primer hijo. Hay personas que convierten la crueldad en trámite administrativo.

Luego llegó la vida, otros medios, otros nombres, otras miserias.

Con los años descubrí algo divertido: muchos de aquellos hombres terribles envejecieron pidiendo comprensión en tertulias de televisión. El déspota de pasillo mutó en analista sensible. El verdugo de redacción se recicló en demócrata de plató.

España tiene ese talento: blanquea trayectorias con maquillaje HD.

Por eso no me sorprendió ver a ciertos personajes reaparecer años después en programas donde todo se empaqueta entre risas, nostalgia y falsa profundidad. Jesús Cintora, gran conocedor del ritmo televisivo, ha sabido muchas veces convertir a viejos gladiadores del ego en señores entrañables de sobremesa. La televisión hace milagros que no consigue la Iglesia.

Uno de esos milagros consiste en presentar como sabio excéntrico a quien algunos recuerdan como tormenta laboral con patas.

No digo que la gente no cambie. Digo que la memoria existe.

Y la mía, pequeño detalle, funciona bastante bien.

Recuerdo nombres, tonos, puertas, horarios, caras, frases, olores, picores en la lengua, sabores… Quién ayudaba y quién disfrutaba haciendo daño. Recuerdo al competente silencioso y al inútil promocionado. Recuerdo el olor de la tinta, el miedo del cierre y el sonido de ciertos zapatos acercándose.

Treinta y cuatro años después, algunos siguen teniendo micrófono.

Yo sigo teniendo memoria.

Y entre ambas cosas, créanme, prefiero lo segundo.

Ekaizer… ¿Qué es eso?

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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