SÁNCHEZ Y SU TRAFALGAR PARTICULAR

…El día anterior había caído el barómetro. Cuenta la historia que en Trafalgar hubo barcos que se hundieron y barcos que entraron en la leyenda. El San Juan Nepomuceno, al mando de Cosme Damián Churruca, eligió lo segundo. Rodeado por seis navíos ingleses, recibiendo andanadas desde todos los ángulos, combatió cuando cualquier manual de estrategia aconsejaba arriar la bandera. Churruca, el mejor marino de la historia de España, vio cómo le volaban una pierna de un cañonazo. Entonces ordenó que lo ataran a un palo para seguir dando órdenes y jalear a su dotación, para sólo dejar de luchar cuando la muerte decidió relevarle del mando…

Dos siglos después, la política española parece empeñada en representar una versión parlamentaria de aquella batalla que tuvo lugar en medio de una tormenta descomunal.

Pedro Sánchez navega hoy como si el Congreso fuera su propio Cabo Trafalgar. Frente a él no aparecen fragatas británicas, sino una flotilla bastante más variopinta: oposición, antiguos aliados, socios incómodos, jueces, medios de comunicación, instituciones, contrapoderes y esa incómoda parafernalia democrática que insiste en recordar que gobernar, también consiste en contar votos cuando dejan de acompañarte.

La imagen resulta inevitable. Cada iniciativa en contra es una nueva andanada sobre el casco de la Moncloa.

Cada sesión parlamentaria parece otro cañonazo a la línea de flotación. Y si una mayoría de la Cámara Baja reclamara la convocatoria de elecciones, el golpe tendría el simbolismo del proyectil que arrancó la pierna de Churruca. La diferencia es que, mientras el marino pidió que lo sujetaran a un mástil para seguir combatiendo, Sánchez se ha atado él solo al sillón presidencial con nudos marineros aprendidos en los mejores manuales de supervivencia política mientras aplaude y se ríe a carcajadas de las andanadas de la oposición.

Pero cuidado con la euforia del enemigo.

Alberto Núñez Feijóo haría bien en releer también el final de Trafalgar. Porque el vencedor absoluto tampoco regresó indemne. El almirante Horatio Nelson, convencido de que la gloria merecía exhibirse, lucía orgulloso todas sus condecoraciones sobre el uniforme.

Aquellos destellos lo convirtieron en el blanco perfecto. Un tirador francés encontró el objetivo que buscaba y una bala acabó atravesándole el hombro para conducirlo, poco después, a la muerte.

La moraleja naval sirve igualmente para la política. En las grandes batallas abundan los derrotados, pero la victoria también suele cobrarse un precio. Hay capitanes que perecen por no rendirse y otros por creer demasiado pronto que ya han ganado.

En España, mientras tanto, seguimos contemplando la batalla desde las playas de Barbate.

Unos animan al San Juan Nepomuceno, otros a la Royal Navy y el resto, que sólo espera que, cuando se disipe el humo de los cañones, todavía queden barcos suficientes para llevarnos a todos de vuelta a tierra, únicamente desean no tener que salir en medio de la tormenta a rescatar, como hicieran los pescadores gaditanos, a los náufragos de la tormenta.

José Antonio RULFO

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