La final del Mundial dejó una de esas noches que alimentarán el folclore futbolero durante generaciones. La batalla de New Jersey, vista con las estadísticas en la mano, da para pensar que un equipo de fútbol que realiza su primer disparo a puerta en el minuto 117, no había comparecido al encuentro, y si lo hizo no fue con la intención de jugar al fútbol.
Viendo las imágenes del partido, quien escribe tiene la certeza de que aquellos argentinos eran una banda de matones despreciables que observaron un comportamiento repugnante, que ha hecho que las hinchadas neutrales nunca antes se hayan alegrado tanto de ver perder a un equipo de fútbol. El comportamiento de los cancheros los señala como dignos sucesores del sifilítico Pedro de Mendoza, un violento que fue adelantado español y fundador de Buenos Aires. También merece la pena destacar la parcialidad de la FIFA, que posibilitó que se jugara en un césped premeditadamente seco con el fin de restar velocidad al balón, que es arma fundamental de la selección española.
Con todo y con eso, solo el arbitraje parcial, anulando un gol legal a todas luces, impidió que Nico Williams pasara a ser el negro más insigne de la historia de España, incluso por delante de Juan Garrido, guineano quien tras cristianizarse en Portugal viajó a América y participó en la conquista de Puerto Rico, Cuba y México, además de ser el primer hombre que cultivó trigo en el continente americano. De todas formas, el protagonismo de Nico Williams resultó fundamental para el triunfo español. Su asistencia fue una dejada perfecta para que el valenciano Ferran Torres pusiera a Mariano Rajoy en el más absoluto ridículo porque, según el expresidente, el hecho de que Nico haya nacido en Pamplona no elimina la condición del jugador del Atletic Club de ser un jodido africano. Suponemos que el expresidente no celebraría el gol aunque, la verdad, creo que este negro le ha dado a España ―al menos al nivel del conocimiento popular― mayor gloria que la que nos concedió en su día Juan Garrido.
Quizá influido por el escenario del MetLife Stadium, Rodri, elegido mejor jugador del mundial, pareció contagiarse del espíritu de Eli Manning, el legendario quarterback de los New York Giants que condujo a su equipo a dos anillos de la NFL. El manchego, que parece tener manos en lugar de pies, dio una masterclass de lanzamientos que convirtieron el centro del campo en una especie de línea de scrimmage.
La traca final fue el comportamiento de ese niño en el bautizo y esa novia en la boda que es el presidente americano, quien no se cortó un pelo celebrando el éxito de la Selección con los jugadores en el alto del pódium, haciendo suyo un triunfo que no cabe duda tampoco tardará en hacer suyo nuestro Presidente quien, al igual que nuestro entrenador, debería tener un sitio permanente en el banquillo aunque en este caso no sea el del estadio.
José Antonio RULFO
