Memorias de un espermatozoide con sombrero de picador

Me pusieron un sombrero de picador porque alguien tenía que enfrentarse al toro de la existencia. Los cascos me venían grandes. El miedo, también. Yo aún no sabía que el universo cabía dentro de una célula ni que una célula podía contener un universo entero.

Antes de comenzar el viaje decidí montar sobre una mosca. Las moscas nunca preguntan adónde van. Solo vuelan. Y desde allí arriba descubrí el primer secreto. El mundo era ridículamente pequeño. Tan pequeño que cabía dentro de una gota. Tan enorme que ningún dios había conseguido terminar de medirlo.

Seguimos volando. Las nubes aparecieron de repente. Pensé que tendrían escaleras. No las tenían. Nadie me había explicado que los sueños nunca construyen escaleras porque prefieren enseñar a saltar.

Salté. Y no caí. Aprendí que caer y volar, eran el mismo verbo pronunciado desde dos miedos distintos. Después me dejé caer. Muy despacio. Flotaba. No sobre el aire. Sobre mi propia conciencia. Navegaba dentro de un universo tan pequeño que todavía no tenía nombre. Era mi primer hogar. Mi primer silencio. Mi primera pregunta. Comprendí que los niños nunca terminan de despertar. Solo aprenden a fingir que ya están despiertos. Los adultos llaman realidad a ese cansancio. Yo sigo llamándolo sueño. Todavía no había aprendido a oxidarme. Continué descendiendo. Cada milímetro era un siglo. Cada segundo inventaba un calendario nuevo. Vi galaxias escondidas dentro de una lágrima. Vi montañas aprendiendo a doblarse hasta convertirse en pulmones.

Los ríos comenzaron a llamarse venas. Las piedras descubrieron que también podían latir. Vi océanos enteros viviendo dentro de la pupila de una mujer enamorada. Entonces entendí por qué el universo jamás termina. Porque cada ser vivo fabrica otro distinto cuando aprende a mirar.

Alguien gritó:

—¡Corre!

Y todos comenzaron a competir. Nunca entendí aquella prisa. Corrían alrededor del óvulo como atletas entrenados por el miedo. Parecía una carrera. Descubrí demasiado tarde que era un carrusel. Yo no quería llegar primero. Quería llegar consciente. Había descubierto demasiado pronto que el destino no consiste en alcanzar una meta. Consiste en recordar quién eras mientras caminabas hacia ella. Entonces ocurrió. Una luz. Un abrazo.Un silencio redondo. Y comprendí que no estaba naciendo. Estaba olvidando. Porque nacer no consiste en entrar en el mundo. Consiste en aceptar, durante un tiempo, que has olvidado de dónde vienes. Desde aquel día sigo llevando el sombrero de picador. No para luchar contra morlacos. Para saludar a la vida cada mañana antes de que ella vuelva a embestirme. Y cada vez que alguien me pregunta cuándo empezó mi historia… Sonrío. Busco a mi mosca.

Y recuerdo que una vez crucé el universo entero montado sobre sus alas.

Las metáforas no decoran: razonan.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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