Treinta y cinco días. No parecen demasiados. Son cinco semanas y media. Un mes jodidamente largo sin ventilador ni nevera. Lo justo para que un escándalo deje de serlo, para convertirse en una aventura en las redes. Lo suficiente para que una comisión empiece a congelarse después del conveniente enfriamiento de sus señorías. Lo necesario para que un ciudadano pase de la indignación al cansancio. Treinta y cinco días bastan para que la actualidad cambie de dueño. Para que una portada envuelva pescado. Para que un ministro encuentre una explicación nueva. Para que un portavoz asegure que “las cosas ya no son como parecían”, son peor de lo que se ‘estimaba’ por la AEMET…
Treinta y cinco días permiten aprender a convivir, con lo que hace apenas un mes parecía insoportable. España tiene una relación enfermiza con el tiempo. No resolvemos los problemas. Los dejamos madurar hasta que otro problema ocupe su lugar (cómo la canción)… La memoria pública, o memoria de pez, dura exactamente lo que tarda en aparecer el siguiente incendio, la siguiente riada, la siguiente pandemia, la siguiente corrupción, la siguiente crisis migratoria o el siguiente WhatsApp filtrado.
Treinta y cinco días…
Dan para mucho. Dan para que un bosque se convierta en carbón. Dan para que una familia siga viviendo en un barracón. Dan para que un comerciante cierre definitivamente su negocio después de una riada. Dan para que un agricultor pierda una cosecha entera esperando una ayuda que todavía “está tramitándose”, tardaremos al menos 35 días elevado a 1.000 días y noches, antes de que llegue la ayuda… Dan para que una frontera vuelva a llenarse de personas mientras los responsables discuten quién tenía que haber avisado primero. Dan incluso para que los responsables dejen de ser responsables.
Porque en España el tiempo tiene una extraña capacidad de absolver. No hace falta demostrar la inocencia. Basta con esperar. Mientras tanto aparecen palabras nuevas.
Resiliencia. Normalidad. Recuperación. Reencuentro. Empatía. Abarrotado. Asustado o Consusto…
Todas muy bonitas. Todas muy útiles. Todas perfectamente compatibles con que nada haya cambiado. Los incendios siguen quemando. Las viviendas siguen esperando. Los menores siguen utilizándose como arma política. Los agricultores siguen reclamando. Los vecinos siguen limpiando barro.
Y los políticos…
Siguen inaugurando relatos. Treinta y cinco días también sirven para organizar un crucero.
Para cruzar el Atlántico. Para recorrer medio mundo. Para fotografiar glaciares mientras el país continúa esperando que alguien encuentre el interruptor de la eficacia administrativa.
Hay quien dice que el tiempo pone a cada uno en su sitio. No siempre. A veces simplemente cambia de conversación. Y ahí reside el verdadero talento de la política moderna. No consiste en solucionar los problemas. Consiste en sobrevivir a ellos hasta que llegue el siguiente. Porque los gobiernos ya no cuentan legislaturas. Cuentan ciclos informativos. Y cada ciclo dura exactamente lo que tarda el ciudadano en olvidar el anterior. Treinta y cinco días. No cambian un país. Cambian la memoria del país. Y cuando la memoria se apaga… el poder ya no necesita convencer.
Le basta con esperar, porque jugamos a la administración del olvido…
pedro de aparicio y pérez de Lucentis
“Hay gobiernos que gestionan el tiempo. Los mejores ciudadanos gestionan la memoria“
