SPÄGNITITA NORMALIZADA

Por Pedro de Aparicio y Pérez de Lucentis

Los españoles somos un pueblo profundamente desagradecido.

Y me explico.

Tenemos, probablemente, al presidente del Gobierno más resistente y fotogénico de nuestra democracia. Un hombre capaz de convencernos de que la realidad es sólo un relato y de que la normalidad consiste en acostumbrarse a lo extraordinario.

Hay quien ve una crisis. Él ve una oportunidad para tranquilizar. Hay quien ve un problema. Él ve un relato. Y ahí estamos nosotros, empeñados en llevarle la contraria.

Porque, reconozcámoslo, esto de la “España normalizada” tiene un mérito extraordinario.

Cuando Lorca tembló, el Estado ‘acudió’. Después llegaron las promesas, los planes, las visitas oficiales y las fotografías. Años más tarde, muchas familias siguen esperando reconstrucciones, ayudas y soluciones definitivas. El terremoto dejó nueve fallecidos, miles de afectados y cientos de millones de euros en daños. Vamos lo que viene siendo ‘normal’…

Ahí siguen muchas de aquellas heridas. Como la Puerta de Alcalá: viendo pasar gobiernos mientras las promesas desafinan más que la canción. Menos mal que

Víctor y Ana la cantan y liberan del yugo opresor… ¡Mírala, Mírala!…

Después llegó el volcán de La Palma.

La naturaleza decidió recordarnos que no pide permiso para cambiar la historia de miles de personas. La lava sepultó viviendas, barrios, cultivos y proyectos de vida. El volcán dejó de rugir hace tiempo.

La burocracia todavía no.

Hay familias que siguen esperando que la reconstrucción avance con la misma velocidad con la que avanzó la lava. Siguen viviendo en contenedores, asados de calor, mirando lo que fueron sus sueños y bajando la cabeza porque allí es una hora menos y será el siguiente paso de los invasores moros de los ‘socios fiables’…

¡Sus muertos!

Y luego llegó la DANA de Valencia. Ahí alcanzamos la excelencia administrativa. Más de doscientas víctimas mortales, municipios devastados, infraestructuras destruidas, negocios desaparecidos y miles de familias intentando recomponer su vida mientras las distintas administraciones discutían competencias, responsabilidades y calendarios. El barro terminó secándose antes que muchas respuestas.

Pero eso sí… La normalidad estaba garantizada.

Ahora la última moda consiste en llamar “socio fiable” a Marruecos mientras decenas de miles de personas alcanzan Ceuta en cuestión de horas. Debe ser una nueva definición diplomática. Antes un socio fiable era quien evitaba los problemas. Ahora parece ser quien los exporta.

Y mientras discutimos si fue una avalancha, una crisis migratoria, una Marcha Verde o una invasión silenciosa, seguimos mirando hacia otro lado como si cambiar el nombre modificara la realidad. España termina acostumbrándose a todo.

A los incendios.

Cada verano arden miles de hectáreas. Decenas de municipios viven pendientes del viento. Centenares de personas son evacuadas y los bomberos vuelven a jugarse la vida, mientras los responsables políticos prometen que el próximo año habrá más prevención.

Lo prometen cada verano. Y cada verano vuelve el humo. Quizá sea eso la famosa normalidad. Acostumbrarnos a que siempre pase algo. Y que, cuando pase, alguien comparezca para explicarnos que todo está bajo control. Aunque el volcán siga presente en la memoria de quienes lo perdieron todo. Aunque el barro continúe pegado a las botas de quienes aún esperan respuestas. Aunque el monte siga ardiendo.

Aunque las chanclas ya hayan cruzado la frontera.

Porque en esta España normalizada lo verdaderamente importante ya no parece ser resolver los problemas.

Lo importante es encontrar una palabra suficientemente amable para que dejen de parecerlo.

No hubo abandono. Hubo coordinación. No hubo retrasos. Hubo protocolos. No hubo caos. Hubo resiliencia. No hubo invasión.Hubo presión migratoria. No hubo ruina. Hubo reconstrucción pendiente. No hubo humo. Hubo transición ecológica…

Y así, cambiando las palabras, algunos pretenden que también cambie la realidad.

Pero la realidad tiene una pésima costumbre. Siempre termina regresando.

Aunque llegue en chanclas.

¡Viva Periquín!

Pedro de Aparicio y Pérez de Lucentis

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