¡NO OS OLVIDÉIS DE NOSOTROS!

Lo decía una noble anciana en Lorca mientras miraba, con lágrimas en los ojos, la casa de su vida en el suelo: «¡Ayudadnos! ¡No os marchéis! ¡Os necesitamos!». No pedía solamente dinero, ladrillos o una cama donde dormir. Pedía algo mucho más difícil de conseguir cuando ocurre una catástrofe: que no la olvidáramos. El 11 de mayo de 2011, a las 18:47 horas, Lorca sufrió el terremoto que cambió la ciudad. Un año después, más de 7.000 personas todavía no habían podido regresar a sus viviendas; dos años después quedaban alrededor de 3.500 fuera de sus casas y solo el 35% de las viviendas demolidas había comenzado a reconstruirse. El Gobierno había aprobado medidas, millones, planes y ayudas, pero detrás de cada expediente seguía viviendo alguien. Han pasado quince años y Lorca puede presentarse hoy como ejemplo de reconstrucción, pero aquella mujer había entendido antes que todos nosotros cómo funciona una tragedia en televisión: el día que se apagan los focos comienza el frío.

Pasó después en otros lugares y volverá a pasar. El volcán de La Palma nos tuvo durante semanas contemplando hipnotizados cómo la lava se comía casas, carreteras, cultivos, recuerdos, fotografías familiares, sueños… La tragedia tenía todos los ingredientes televisivos: fuego, noche, destrucción en directo y una lengua roja avanzando lentamente hacia las viviendas. Pero llegó un momento en que dejó de abrir los telediarios. El volcán se apagó antes en nuestras televisiones que en la vida de quienes lo habían perdido todo. Esa es una de las perversidades involuntarias de nuestro oficio: necesitamos novedad y una víctima necesita exactamente lo contrario, necesita continuidad. Nosotros preguntamos «¿qué ha pasado hoy?» y quien ha perdido su casa lleva meses intentando responder una pregunta mucho más sencilla: «¿qué va a pasar mañana conmigo?».

Y llegó el 29 de octubre de 2024. Paiporta, Sedaví, Catarroja, Alfafar, Aldaia… y tantos municipios valencianos aprendieron qué significa convertirse durante unos días en el centro del mundo. Olía a barro, a muerte, a desolación y a esa locura que produce descubrir que lo que ayer llamabas vida cabe hoy dentro de un montón de basura. Llegaron periodistas, cámaras, enviados especiales, políticos, voluntarios, policías, militares y una sociedad civil extraordinaria que entró en las calles con botas, palas y escobas. Pero después volvimos a marcharnos. Y resulta que en julio de 2026, casi dos años después de la DANA, el Ayuntamiento de Paiporta advertía de que completar la reconstrucción podía necesitar todavía entre ocho y diez años. Hablaba de actuaciones superiores a 170 millones de euros. Este mismo septiembre ha comenzado a demolerse el Pont Vell, dañado por la riada, para levantar otro con un 45% más de capacidad hidráulica. La catástrofe dejó de ser extraordinaria para el resto de España mucho antes de dejar de ser cotidiana para quienes viven allí.

Y hoy, precisamente hoy, 16 de septiembre de 2026, esos mismos municipios vuelven a mirar al cielo. Paiporta, Aldaia, Alaquàs, Torrent, Catarroja y Alfafar han activado medidas preventivas ante una alerta naranja por fuertes lluvias: centros educativos cerrados, actividades suspendidas, imbornales revisados, barreras antiinundaciones colocadas y dispositivos de emergencia preparados. Para quien contempla la noticia desde fuera es meteorología. Para quien vio entrar el agua por la puerta de su casa hace menos de dos años puede ser memoria, miedo y la pregunta de si todo aquello que prometimos haber aprendido sirve realmente cuando vuelven a aparecer las nubes. ¡No se ha hecho nada! Porque la justicia si se duerme en un cajón, no es justicia, es olvido…

Luego están los pueblos quemados. Llegamos cuando arde el monte. Helicóptero, llama, hidroavión, vecino llorando, bombero exhausto, político con chaleco, periodista delante de una columna de humo. Es una televisión formidable. Después el incendio queda estabilizado, luego controlado y finalmente extinguido. Y con esa última palabra parece extinguirse también nuestro interés. Pero una vaca no come ceniza. Un ganadero no reconstruye un pasto cuando termina la conexión en directo. Un agricultor no recupera un olivo centenario porque el incendio haya desaparecido de la escaleta. Una familia no deja de oler a quemado porque nosotros hayamos enviado al reportero a cubrir la siguiente desgracia. El incendio dura tres días en televisión y años en una explotación agrícola.Ahí debería empezar otra información que casi nunca hacemos: la de volver seis meses después, un año después, tres años después y preguntar qué ocurrió con cada promesa pronunciada delante del fuego.

Y ahora Ceuta. Otra vez las cámaras. Otra vez España descubriendo de repente una ciudad española que lleva siglos exactamente donde estaba. La IVASIÓN de finales de julio ha dejado una situación que no cabe ya en el fogonazo de una conexión televisiva. El Gobierno reconoce que más de 5.300 personas han regresado voluntariamente a Marruecos, que se tramitan al menos 1.800 expedientes de devolución, que unos 4.500 adultos están acogidos en centros temporales y que alrededor de 2.000 menores permanecen bajo atención. Las cifras cambian según avanzan los procedimientos y precisamente por eso el periodismo debería quedarse allí: para contarlas, comprobarlas y explicar qué ocurre después del gran titular.

Porque mientras discutimos cifras existen personas durmiendo, comiendo, orinando, defecando, enfermando, trabajando clandestinamente, escondiéndose o intentando sobrevivir en una ciudad de apenas veinte kilómetros cuadrados. Y cuando desaparece el alojamiento aparecen inmediatamente quienes convierten la desesperación en negocio. La Policía y la Guardia Civil han encontrado pisos patera y espacios insalubres en los que se cobraban cantidades desorbitadas: en uno de los casos investigados, 25 personas, seis de ellas menores, estaban hacinadas en un sótano de apenas 15 metros cuadrados. Se han detectado también ofertas de traslados clandestinos a la Península por cantidades de entre 6.000 y 9.000 euros. Eso también es Ceuta. No solamente la frontera fotografiada desde un helicóptero.

Y mientras escribimos estas líneas, Ceuta sigue produciendo noticias que demuestran que aquello no terminó cuando dejaron de entrar decenas de miles de personas. La Audiencia Nacional ha frenado temporalmente la construcción del campamento proyectado en el puerto para más de mil personas mientras reclama al Ministerio de Transportes documentación sobre la actuación. Y la jueza María Tardón ha citado como testigos al presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, y al antiguo jefe de Gabinete de la Delegación del Gobierno dentro de una investigación que intenta reconstruir cómo se produjo la INVASIÓN, quién pudo organizarla, qué información existía previamente y qué respuesta dieron las administraciones. Marruecos, por su parte, niega haber organizado las entradas y rechaza las acusaciones sobre una intervención de sus autoridades. Eso es periodismo: hechos, documentos, versiones enfrentadas e investigación. Quedarse para comprobar quién dice la verdad.

Porque el problema de Ceuta no es únicamente cuántas personas entraron. El problema es qué sucede mañana, pasado mañana y dentro de seis meses. Qué ocurre con los ceutíes. Qué ocurre con quienes permanecen allí. Qué ocurre con los menores. Qué ocurre con los policías. Qué ocurre con los comerciantes. Qué ocurre con las devoluciones. Qué ocurre con los expedientes de asilo. Qué ocurre con quienes están haciendo negocio con la desesperación. Qué ocurrió realmente los días 30 y 31 de julio. Y, sobre todo, qué medidas se adoptarán para que una ciudad española no tenga que descubrir nuevamente que existe para el resto del país solamente cuando aparece en rojo en la pantalla de un informativo.

¿Y los medios? ¿Hasta cuándo? Ahí está nuestra responsabilidad. No consiste en vivir permanentemente en Lorca, Paiporta, La Palma o Ceuta. Sería imposible. Consiste en no confundir el final de una retransmisión con el final de una historia. Si hay sangre llegarán televisiones de fuera. Si hay disturbios volverán los directos. Si aparece un muerto tendremos nuevamente helicópteros, enviados especiales, expertos, tertulianos y una esquina reservada en cada portada digital. Si durante tres meses simplemente hay familias esperando una ayuda, ganaderos intentando alimentar a sus animales, comerciantes levantando persianas, vecinos reconstruyendo una casa o policías trabajando en una frontera saturada, entonces probablemente no habrá nadie mirando.

Ese es el peligro: hemos construido un periodismo extraordinariamente preparado para llegar y demasiado poco preparado para quedarse. Sabemos retransmitir el instante en que se rompe una presa, cae una casa, arde un bosque o una multitud atraviesa una frontera. Lo hacemos bien. A veces extraordinariamente bien. Lo que hacemos mucho peor es regresar cuando ya no hay una imagen espectacular que ofrecer. Contar el expediente que continúa bloqueado. Buscar al anciano que entrevistamos llorando hace dos años. Preguntar qué pasó con los millones anunciados. Comprobar si el puente fue reconstruido. Averiguar si el agricultor volvió a plantar. Preguntar al comerciante si consiguió abrir. Fiscalizar la reconstrucción debería ser tan periodístico como retransmitir la destrucción.

Y ahí está también Adamuz. ¡No me jodas! Porque una tragedia no puede convertirse en un escenario del que desmontamos los focos cuando desaparecen los féretros, las autoridades y las conexiones en directo. Hay que regresar. Siempre hay que regresar. A las víctimas, a sus familias, a las investigaciones, a las responsabilidades, a las infraestructuras y a las promesas. Si solamente aparecemos durante el dolor más fotogénico, dejamos de ser testigos y nos convertimos en visitantes de desgracias.

Aquella mujer de Lorca no estaba pidiendo solamente ayuda. Nos estaba dando una lección de periodismo. ¡No os olvidéis de nosotros!

Quizá esas cinco palabras deberían permanecer escritas encima de la puerta de todas las redacciones cuando termina una catástrofe.

Porque el día que se apagan los focos comienza el frío.

Y precisamente entonces es cuando más falta hace que alguien se quede para contarlo.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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