Casos judiciales a manta. Semana judicial. Semana política. Semana alemana. Semana de esas en las que uno abre el periódico por la mañana y tiene la sensación de que alguien ha cambiado las páginas de sitio durante la noche. Todo ocurre simultáneamente, todo pasa a la vez. Los jueces investigan. Los políticos declaran. Los abogados recurren. Los partidos denuncian. Los periodistas preguntamos. Los tertulianos condenan antes que los tribunales. Los tribunales intentan no convertirse en tertulias. Y los ciudadanos contemplan el espectáculo preguntándose en qué momento la democracia española decidió transformarse en una serie judicial con temporadas infinitas.
El curso arranca con Plus Ultra, Leire Díez, Koldo, Begoña Gómez, Kitchen, Pujol, los coletazos de la amnistía y ahora también Ceuta y Melilla… formando una especie de constelación procesal sobre la política española. Hay días en los que cuesta encontrar Génova o Ferraz porque entre ambos se ha levantado una Audiencia Nacional.
Y todavía estamos empezando septiembre. Pedro Sánchez continúa mientras tanto practicando esa especialidad política que algún día debería ser olímpica: sobrevivir.
Sánchez es una gacela que salta de incendio en incendio sin quemarse las patas.
Hay que reconocerle la técnica. Salta el caso Koldo. Salta. Aparece Leire Díez. Salta. Begoña Gómez vuelve al calendario judicial. Otro salto. Plus Ultra. Salto largo. Ceuta. Triple salto mortal. Presupuestos. Carrera de obstáculos. Y cuando parece que finalmente va a caer dentro de alguna hoguera aparece al otro lado, se sacude ligeramente la chaqueta y pregunta cuál es el siguiente incendio.
Como el señor Tumnus de Las crónicas de Narnia, pero sin bufanda y con Consejo de Ministros.
La oposición observa semejante capacidad de supervivencia con una mezcla de desesperación, incredulidad y fascinación entomológica. Porque enfrente está Alberto Núñez Feijóo.
Feijóo sin gafas es un ser sin espíritu.
No debería quitárselas nunca. Hay políticos cuya personalidad está en la voz, otros en las manos, algunos en el bigote y unos cuantos en ninguna parte. La de Feijóo parece haberse refugiado detrás de dos cristales graduados. Cuando se los quita desaparece el presidente del Partido Popular y aparece un señor que está intentando recordar dónde ha aparcado. Pero el problema del PP no son las gafas. El problema es que lleva demasiado tiempo esperando que Sánchez caiga por agotamiento, por los socios, por los jueces, por su mujer, por sus antiguos colaboradores, por Marruecos, por Waterloo, por los presupuestos o por combustión espontánea.
Y Sánchez no cae. Puede desgastarse. Puede perder apoyos. Puede acumular problemas. Puede gobernar cada vez con menos espacio político. Pero caer es otra cosa. Y la política española lleva demasiado tiempo confundiendo el deseo con el pronóstico. Mientras nosotros discutimos nuestras miserias domésticas, Europa acaba de recibir un golpe muchísimo más profundo.
Porque Alemania ha hablado. Y no precisamente bajito. En Sajonia-Anhalt, Alternativa para Alemania, AfD, ha rozado el 44% de los votos y ha ganado las elecciones regionales, dejando a la CDU a una distancia que hace apenas unos años habría parecido ciencia ficción. No es una encuesta. No es un sondeo. No es una proyección. Son urnas. Y las urnas tienen la desagradable costumbre de no aceptar editoriales. Durante años Europa construyó alrededor de AfD una Brandmauer, un muro cortafuegos político: nadie pacta, nadie gobierna con ellos, nadie les abre la puerta. El problema de los cortafuegos aparece cuando el incendio empieza a crecer por el otro lado. Porque puedes impedir que un partido entre en un Gobierno.
Lo que resulta bastante más complicado es impedir que millones de ciudadanos lo voten. Y ahí está la verdadera noticia. El cordón sanitario no ha desaparecido institucionalmente. Friedrich Merz continúa rechazando cualquier cooperación con AfD. Pero políticamente ha recibido una dentellada brutal.
La extrema derecha ya no llama a la puerta. Tiene millones de llaves.
Y esto merece una reflexión bastante más seria que limitarse a llamar fascistas a sus votantes y regresar tranquilamente a casa. Porque detrás del crecimiento de AfD existe un cóctel que se repite cada vez con mayor intensidad en Europa: inmigración, inseguridad percibida, pérdida de identidad, deterioro económico, desindustrialización, desconfianza hacia las élites políticas, hartazgo institucional y sensación de que Bruselas decide demasiado mientras los gobiernos nacionales responden demasiado poco.
Después podemos discutir cuánto hay de realidad, cuánto de percepción y cuánto de explotación política. Pero despreciar la percepción del ciudadano es una de las maneras más eficaces de convertirla en voto. Ese ha sido uno de los errores monumentales de la política europea. Cuando millones de personas dicen que tienen miedo, responderles que estadísticamente no deberían tenerlo no elimina el miedo. Cuando dicen que sienten que su barrio ha cambiado, explicarles que la diversidad es enriquecedora no devuelve automáticamente la sensación de pertenencia. Cuando creen que han perdido soberanía, llamarles populistas no recupera la soberanía. Y cuando sienten que nadie escucha, terminan votando a quien grita. Ahí crecen los extremos.
No necesariamente porque millones de europeos se hayan levantado una mañana convertidos en nazis.
Sino porque una parte creciente de la población ha decidido utilizar el voto como una piedra contra el escaparate. Y ahora el escaparate alemán tiene un agujero enorme. Merz está tocado. Muy tocado. No porque mañana vaya a abandonar la Cancillería, sino porque el resultado de Sajonia-Anhalt cuestiona precisamente la promesa que sostuvo su llegada al poder: contener a AfD recuperando para la CDU al votante conservador desencantado.
No lo ha conseguido allí. AfD no sólo sobrevivió al aislamiento. Ha crecido dentro de él. Y esa es la paradoja que debería preocupar a todas las cancillerías europeas. Puedes construir un muro alrededor de un partido. Pero si detrás del muro termina viviendo casi media población, quizá el problema ya no sea el muro. Quizá haya que preguntarse qué está ocurriendo fuera. Alemania empieza además a discutir algo todavía más profundo: cuánta Alemania quiere seguir habiendo dentro de Europa y cuánta Europa quiere seguir habiendo dentro de Alemania.
Más soberanía nacional. Más control migratorio. Más protección industrial. Menos burocracia comunitaria. Menos decisiones tomadas lejos del elector. Son mensajes que hasta hace poco pertenecían casi exclusivamente a los márgenes políticos y que empiezan a penetrar en el vocabulario central de la política europea. Francia mira. Italia mira. Polonia mira. España debería mirar. Porque cuando Alemania cambia de humor, Europa suele acabar cambiando de conversación.
Y mientras Europa discute sobre fronteras, soberanía e identidad, España entra en septiembre mirando hacia los juzgados. La imagen resulta casi perfecta.
Alemania mira las urnas. España mira los sumarios.
Esta semana vuelven causas que afectan directamente al entorno político socialista. Plus Ultra vuelve al primer plano. El caso Leire Díez reactiva declaraciones. Begoña Gómez afronta nuevos pasos procesales. Continúan Koldo y sus derivadas. Ceuta se incorpora además al paisaje judicial. No significa que todos sean culpables. No significa siquiera que todas las investigaciones terminen en juicio. Conviene recordarlo porque en este país hemos sustituido demasiadas veces la presunción de inocencia por la presunción de tertulia. Pero políticamente el efecto existe. Y se acumula. Un Gobierno puede sobrevivir a un caso. A dos. A tres. Incluso a diez.
Lo verdaderamente corrosivo comienza cuando el ciudadano deja de recordar cómo se llama cada caso y empieza a meterlos todos dentro de una misma palabra: ruido.
Y España vive dentro del ruido. Ruido judicial. Ruido migratorio. Ruido territorial. Ruido parlamentario. Ruido institucional. Ruido mediático. Ruido europeo. Cada mañana aparece una emergencia nueva que consigue que olvidemos durante unas horas la emergencia anterior. Por eso quizá la palabra adecuada para este comienzo de curso no sea crisis. Es obertura. Porque todavía no hemos escuchado la ópera. Estamos afinando los instrumentos. Los jueces sacan los expedientes. Los abogados preparan recursos. Feijóo se coloca las gafas. Sánchez calienta las patas de gacela. Abascal mira hacia Alemania. Puigdemont mira hacia Madrid. Bruselas mira hacia Berlín. Merz mira el agujero que AfD acaba de abrir en el mapa político alemán. Y nosotros miramos alrededor intentando descubrir dónde demonios está la salida.
No hay salida. Tampoco entrada. Hay puertas giratorias.
Vivimos un momento difícil de describir porque las categorías antiguas empiezan a servir de poco. Izquierda, derecha, centro, socialdemocracia, liberalismo, conservadurismo: palabras construidas para ordenar un mundo que se está desordenando. La nueva frontera empieza a ser otra. Los que creen que todavía funciona el sistema. Y los que quieren darle una patada. Ese es el terremoto que llega desde Alemania. Y cuidado. Porque los terremotos políticos europeos nunca respetan las fronteras. Primero tiembla una región. Después un país. Luego alguien descubre que las lámparas también se están moviendo en su casa. Así empieza septiembre. Con tribunales españoles, urnas alemanas, fronteras europeas, gobiernos agotados, oposiciones impacientes y ciudadanos cada vez más enfadados.
Una orquesta formidable. Cada músico toca una partitura distinta. Nadie parece conocer al director. Y desde el patio de butacas contemplamos el espectáculo con esa incómoda sospecha de que los locos quizá no estén solamente sobre el escenario.
La obertura acaba de empezar.
Y lo verdaderamente inquietante es que todavía no sabemos quién ha escrito la ópera.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
