POR ESPAÑA, POR CEUTA Y POR SUS VECINOS…

…Y a tomar por culo, Mohamedunio (Mohamed mío).

…Hay países que defienden sus fronteras. Y hay países que terminan negociándolas. España lleva demasiado tiempo instalada en la segunda categoría. Durante años nos hemos acostumbrado a contemplar cada crisis migratoria como si fuera un fenómeno meteorológico. Llegan miles de personas, se improvisan soluciones, se convocan reuniones de urgencia, se anuncian fondos extraordinarios y, cuando baja la presión, todos vuelven a mirar hacia otro lado. Hasta la siguiente. Pero, ésta, va a ser que no… ¿Normalidad por completo? NO

Pero la crisis de Ceuta ha dejado una enseñanza difícil de ignorar.

Las fronteras no sólo se defienden con vallas, patrulleras o agentes de la Guardia Civil. También se defienden con una política exterior creíble, con inteligencia, con capacidad de anticipación y, sobre todo, con la convicción de que la soberanía de un país no puede convertirse en moneda de cambio permanente. Y, que los representantes de los españoles debemos estar enterados al cien por cien, de lo que se hace, se decide y por qué… ¡Aquí nadie sabe nada! y no dimite ni Marlaska…

Mientras España discute sobre el relato, Marruecos juega otra partida.

No hace falta levantar la voz. Basta con observar los hechos de los últimos años. La presión migratoria aparece y desaparece con una sincronía que siempre termina favoreciendo los intereses diplomáticos de Rabat. Las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla resurgen periódicamente. El Sáhara cambió de posición en la política española de la noche a la mañana. Y cada crisis acaba recordándonos hasta qué punto dependemos de las decisiones que se toman al otro lado del Estrecho. No hablamos de una relación entre iguales.

Hablamos de una relación en la que uno mueve las piezas y el otro corre detrás del tablero, intentando explicar que todo está bajo control. Mientras tanto, los españoles contemplan cómo el debate político se pierde en una discusión interminable sobre etiquetas. Si decir “ocupación” es exagerado. Si hablar de “efecto llamada” resulta ofensivo. Si conviene utilizar una palabra u otra para no molestar a nadie y menos al moro de la morería.

Pero las palabras no controlan fronteras. Las decisiones sí.

España necesita una política migratoria seria. Necesita controlar quién entra, quién sale y quién tiene derecho a permanecer. Necesita reforzar sus fronteras, cumplir la ley y actuar con humanidad al mismo tiempo. Ambas cosas no sólo son compatibles; son la obligación de cualquier democracia. Lo que no puede hacer un Estado es resignarse a vivir pendiente de la voluntad política de otro país para garantizar la seguridad de una parte de su territorio.

Porque entonces el problema deja de llamarse inmigración. Empieza a llamarse dependencia, ocupación ilegal… Y, ¿dónde echamos a los Caballa?

Y las dependencias, en política internacional, siempre tienen un precio… Por España. Por Ceuta. Por Melilla. Por quienes viven cada día en la frontera y saben distinguir perfectamente entre solidaridad e improvisación.

Y por todos aquellos que todavía creen que la soberanía nacional no consiste en pronunciar grandes discursos, sino en evitar que sea otro quien decida cuándo se abre y cuándo se cierra la puerta de tu casa.

Pedro de Aparicio y Pérez de Lucentis.

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