SE ACABA AGOSTO

Agua al rostro.

Se acabó la tregua. El calendario vuelve a recordarnos que septiembre no es un mes: es una forma de asumir que la realidad sigue ahí, esperándonos sentada en el mismo sitio donde la dejamos antes de irnos a hacer selfies de atardeceres para demostrar que éramos felices y que estábamos allí -para la cuñada envidiosa-..

Regresamos a una sociedad cada vez más divertida. Los políticos volverán morenos de verde luna, descansados, sonrientes y convencidos de que todo ha ido razonablemente bien mientras el ciudadano ha aprovechado las vacaciones para aprender a estirar el sueldo como si fuera una masa de pizza. La calle no arde porque la clase media ya está suficientemente churruscada de soportar impuestos, hipotecas, alquileres, facturas y promesas con fecha de caducidad.

Los divorcios seguirán disparados, las separaciones continuarán produciéndose con la misma eficacia con la que las aplicaciones prometen encontrar el amor definitivo en menos de tres clics y el mundo confirmará, una vez más, que ha decidido perder definitivamente la cabeza.

Sólo falta un buen combate que rebaje los arsenales… y el personal. Las enfermedades regresan disfrazadas de viejas pestes con nombres modernos, los terremotos aparecen donde los mapas juraban que jamás temblaría la tierra y cada cual cuenta exactamente lo que le han contado otros, sin el menor interés por comprobar si aquello ocurrió realmente o simplemente circulaba por las redes sociales con suficientes emoticonos para parecer verdad.

En unos días volveremos a la gran representación anual. Fingiremos que todo tiene sentido. Que los objetivos de septiembre cambiarán nuestras vidas. Que este curso sí iremos al gimnasio. Que comeremos mejor. Que dejaremos de discutir en casa. Que seremos más felices. Y que el próximo verano, ahora sí, descansaremos de verdad.

Mientras tanto, seguiremos compartiendo techo con hijos menores… o con hijos mayores de cuarenta que continúan buscando “su momento” sin demasiada prisa por encontrarlo. El teletrabajo volverá a venderse como la gran conquista de la modernidad hasta que, en mitad de una videoconferencia decisiva, aparezca la aspiradora rugiendo como un reactor, el repartidor llame tres veces al timbre, el perro decida ejercer su libertad de expresión y tú descubras que llevas una impecable corbata, americana planchada… y un bañador con flamencos debajo de la mesa.

Septiembre tiene esa capacidad extraordinaria de devolvernos un vaso de agua directamente a la cara. No para despertarnos. Para recordarnos que nunca llegamos a dormir del todo.

Porque el verano no cambia a las personas, sólo cambia el decorado…

Sólo consigue broncear durante unas semanas las mismas preocupaciones que, en cuanto la arena desaparece de los zapatos, vuelven a sentarse tranquilamente en el sofá de casa esperando que les pongamos un café.

Y entonces comprenderemos que el auténtico final del verano no lo anuncia el calendario.

Lo anuncia ese primer despertador que vuelve a sonar cuando todavía seguimos soñando que estábamos mirando el mar.

Me marcho a hacer unos castillos con churritos, espero que me respete Neptuno…

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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