La historia tiene un curioso sentido del humor. Tras cada época de esplendor artístico suele aparecer otra empeñada en corregirla. O, peor aún, en taparla.
Cuando Miguel Ángel terminó el Juicio Final de la Capilla Sixtina, algunos decidieron que aquellos desnudos resultaban insoportables para la moral del momento. La solución fue sencilla: contratar a Daniele da Volterra para cubrir con paños y taparrabos lo que el genio había concebido desnudo. La Historia le reservó un apodo cruel: Il Braghettone, el pintor de los calzones.
No creó belleza. La vistió para que dejara de incomodar. España parece haber inaugurado ahora su propia versión: La Marettone.
Mientras media conversación pública gira alrededor de dónde pasa Pedro Sánchez sus vacaciones, en qué residencia institucional duerme o cuántos metros cuadrados tiene La Mareta, el país continúa ardiendo, los pueblos intentan levantarse de las cenizas, la vivienda sigue siendo inaccesible para miles de jóvenes y el ruido político sustituye al debate sobre los problemas reales.
El fenómeno no distingue siglas. Unos preguntan dónde descansa Sánchez. Otros dónde vive Ayuso. Otros dónde duerme Illa. Y, entre todos, consiguen que dejemos de preguntarnos dónde vive la realidad. Como il Braghettone, no se cambia la obra. Se cambia el foco. Se cubre aquello que incomoda para que dejemos de mirar lo importante. Quizá el verdadero surrealismo español no consista en que exista La Mareta. Consiste en que discutamos durante semanas sobre una residencia oficial, mientras alrededor se multiplican el caos, el descontrol, la desolación, la reconstrucción interminable y la sensación de que la política ha decidido hablar de cualquier cosa… excepto de aquello que afecta a la vida cotidiana.
Porque todas las épocas tienen su Braghettone. La diferencia es que antes tapaban los desnudos. Hoy, con demasiada frecuencia, se tapan los problemas.
Es claramente la sustitución del debate…
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
