Colombia tiembla. Y esta vez no es una metáfora. Un terremoto de magnitud 7,4 ha golpeado el oeste del país, castigando especialmente el eje cafetero y dejando ciudades heridas, edificios destruidos, familias buscando a los suyos y equipos de rescate trabajando contra el reloj. El balance provisional supera ya los 250 fallecidos y seguirá necesitando tiempo para cerrarse.
Pero, cuando la tierra deja de moverse, comienza otro terremoto.
El de las cifras.
¿Cuántos muertos? ¿Cuántos desaparecidos? ¿Cuántos heridos? ¿Cuántos siguen debajo de los escombros? ¿Cuántos todavía no han podido ser contabilizados porque una carretera ha desaparecido, un pueblo está incomunicado o simplemente nadie ha conseguido llegar?
Y entonces aparece él.
El conspiranoico.
Ese personaje incómodo que unas veces inventa, otras exagera y algunas simplemente pregunta porque ha dejado de confiar en quienes deberían darle respuestas.
Venezuela es un ejemplo reciente. Después de sus terremotos comenzaron a circular cifras enormemente dispares sobre desaparecidos y fallecidos. Miles de familias continuaban buscando a los suyos semanas después del desastre mientras los números difundidos en redes crecían, disminuían, se multiplicaban y terminaban convertidos en una batalla paralela a la tragedia. ¿50.000? ¿5.000? ¿30.000? El problema ya no consiste únicamente en averiguar qué cifra es cierta.
El verdadero problema empieza cuando ninguna cifra consigue resultar creíble.
Porque entonces las matemáticas dejan de servir para contar personas y empiezan a medir desconfianza. España ya vivió algo parecido con la DANA de Valencia. Mientras las cifras oficiales terminaron estableciendo 228 víctimas mortales, durante semanas circularon por las redes cantidades de miles y hasta decenas de miles de muertos. Vecinos aseguraban haber visto lo que las instituciones negaban; mensajes anónimos convertían aparcamientos en cementerios; cualquier silencio administrativo encontraba inmediatamente una explicación conspirativa.
Finalmente, los datos contrastados no respaldaron aquellas cifras gigantescas.Pero algo había ocurrido.
Una parte de la sociedad prefería creer a un desconocido con un teléfono móvil antes que a una institución con un gabinete de prensa… A estos no hay quién les crea, la mentira y la improvisación demuestran que su trabajo diario y de prevención es NINGUNO…
Y ése debería ser el verdadero motivo de preocupación. Porque una democracia puede soportar errores. Puede soportar retrasos. Incluso puede soportar incompetentes. Lo que difícilmente soporta es que sus ciudadanos hayan dejado de creer sistemáticamente en aquello que les cuenta.
Colombia tiene ahora una obligación mucho más urgente que discutir teorías.
Encontrar personas.
Rescatar a quienes todavía puedan estar vivos. Dar agua. Dar comida. Dar medicinas. Dar refugio. Llegar hasta los lugares donde todavía no ha llegado nadie.
Europa ha anunciado dos millones de euros de ayuda para las comunidades afectadas. Bienvenidos sean. Pero ninguna cantidad económica devuelve una madre, un hijo, un hermano o ese vecino cuyo nombre todavía permanece escrito en una lista de desaparecidos.
Después habrá tiempo para reconstruir. Y también tendrá que haber tiempo para explicar. Porque las catástrofes naturales destruyen edificios, pero la ausencia de información destruye algo quizá más difícil de reconstruir:
la confianza.
Un muerto no puede convertirse en una discusión estadística. Un desaparecido tampoco. Detrás de cada unidad hay una habitación que esa noche queda vacía. Una llamada que nadie responde. Una madre esperando. Un hijo preguntando. Un perro que continúa junto a una puerta.
Eso es lo que olvidamos cuando empezamos a discutir si fueron doscientos, cinco mil o cincuenta mil.
No contamos cadáveres. Contamos universos que han dejado de existir.
Y por eso Colombia necesita hoy verdad. La verdad provisional de las primeras horas. La verdad incompleta de los rescates. La verdad corregida cuando aparezcan nuevos datos. Pero verdad. Incluso cuando duela. Porque los terremotos tienen una magnitud que pueden medir los sismógrafos. El miedo también. La mentira incluso. Pero todavía no hemos inventado una escala capaz de medir cuánto tarda un pueblo en recuperar la confianza después de descubrir que ya no sabe a quién creer.
La tierra deja de temblar.
La duda puede seguir haciéndolo durante generaciones.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis
«Las matemáticas cuentan los muertos. La conciencia debería recordar que cada número tenía un nombre».
