SEÑALA UN ESTUDIO EN EL QUE PARTICIPÓ LA UFV

Integrar la esperanza en la atención paliativa

CUANDO UNA ENFERMEDAD GRAVE TE OBLIGA A REPLANTEARTE LA VIDA COTIDIANA, LAS DECISIONES MÉDICAS Y LA RELACIÓN CON QUIENES TIENES CERCA, LA ESPERANZA DEJA DE SER UNA IDEA LEJANA 

Un estudio internacional publicado en Frontiers in Psychology propone incorporarla a los cuidados paliativos como una capacidad realista que ayuda a sostener sentido, decisiones y dignidad.

En cuidados paliativos, hablar de esperanza exige mucha delicadeza. Puede aliviar a quien atraviesa una enfermedad avanzada, pero también puede confundirse con negar el pronóstico o alimentar expectativas imposibles. La propuesta de las autoras parte de una idea central: la esperanza que ayuda no promete curar, acompaña a la persona cuando la atención se orienta a cuidar su bienestar, sus vínculos y sus decisiones.

La investigación reúne a la European University of Rome, la Sant’Anna School of Advanced Studies de Pisa y la Universidad Francisco de Vitoria. Desde esta colaboración internacional, el trabajo conecta psicología positiva, ética de las virtudes y práctica paliativa para mirar la esperanza como una forma concreta de acompañamiento humano.

Una esperanza con los pies en la tierra

Para una persona con una enfermedad avanzada, esperar no siempre significa confiar en una curación. A veces significa poder hablar con alguien, decidir dónde quiere estar, despedirse con calma, mantener una rutina o vivir un día con menos miedo. La esperanza se vuelve cotidiana, ligada a metas pequeñas que pueden seguir dando sentido.

“En una enfermedad grave, la esperanza no consiste en apartar la mirada de la realidad. Consiste en encontrar metas posibles dentro de ella”, señala Elena Ricci, investigadora de la European University of Rome y de la Sant’Anna School of Advanced Studies. Desde esta mirada, la esperanza no elimina la dificultad, pero ayuda a ordenar lo que todavía importa.

Las autoras advierten de que una esperanza desconectada de la verdad puede hacer daño. Puede dificultar decisiones clínicas proporcionadas, generar frustración y romper la confianza entre paciente, familia y equipo sanitario. Por eso, esperar también exige realismo. Acompañar bien implica sostener emocionalmente sin ocultar la información que la persona necesita.

Acompañar sin imponer

Los cuidados paliativos atienden el dolor físico, pero también el miedo, la dependencia, la soledad y las preguntas sobre el sentido de la vida. En ese contexto, la esperanza puede funcionar como una virtud moral: una disposición que ayuda a ordenar deseos, emociones y decisiones en medio de la incertidumbre.

Para Verónica Fernández-Espinosa, directora del Centro de Educación en Virtudes y Valores de la UFV y autora de correspondencia del artículo, esta propuesta conecta directamente con la formación en virtudes. “La esperanza es acompañar con verdad, prudencia y presencia”, afirma.

Esta visión entiende los cuidados paliativos como una presencia sostenida. Acompañar no significa decidir por el paciente ni empujarle a sentirse de una manera concreta. Significa ayudarle a reconocer qué metas siguen teniendo sentido para él.

En algunos casos serán metas médicas. En otros, familiares, espirituales o biográficas. Acompañar es ayudar a reconocer lo valioso, sin imponer desde fuera lo que la persona debe esperar.

La esperanza como virtud que se educa

La propuesta se apoya en el modelo del psicólogo Charles Snyder, uno de los referentes en el estudio de la esperanza. Su teoría la entiende como la combinación de dos elementos: la motivación para perseguir metas y la capacidad de encontrar caminos para alcanzarlas. Dicho de forma sencilla, tener esperanza implica querer avanzar y saber por dónde hacerlo.

Aplicado a una enfermedad grave, este modelo cambia la pregunta. En vez de mirar únicamente qué espera el paciente en términos de curación, el equipo médico puede explorar qué desea cuidar todavía: una relación, una conversación, una despedida, una decisión, una forma de estar con los suyos.

Claudia Navarini, investigadora de la European University of Rome, aporta al artículo la dimensión ética de esta lectura. “La esperanza sostiene la dignidad cuando la autonomía se vuelve más frágil”, apunta. Para las autoras, esta virtud ayuda a preservar la capacidad de narrar la propia vida y de actuar con sentido incluso en momentos de gran vulnerabilidad.

La parte más práctica de la investigación apunta a los profesionales sanitarios. Las autoras plantean que la esperanza pueda integrarse en la atención habitual: consultas, reuniones familiares, planes de cuidado y coordinación entre médicos, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales y profesionales de atención espiritual.

Para Fernández-Espinosa, la clave está en formar profesionales capaces de reconocer metas realistas, construir caminos posibles con el paciente y sostener conversaciones difíciles sin apagar el sentido de futuro. “Cuidar la esperanza no consiste en decir que todo irá bien, sino aprender a acompañar de un modo que ayude al paciente a reconocer posibilidades reales de sentido, apoyo y futuro”, sostiene la investigadora de la UFV.

El artículo sobre la esperanza como acompañamiento moral mantiene la cautela de que es propuesta teórica, no un ensayo clínico con pacientes. Por eso las autoras piden evaluar adaptaciones de la terapia de la esperanza en poblaciones paliativas más diversas, comparar formatos breves y estructurados, y medir su efecto en bienestar, comunicación, toma de decisiones, resiliencia de los cuidadores y funcionamiento de los equipos.

Las expertas presentan la esperanza como parte de una cultura del cuidado. En la práctica, esto implica formar mejor a quienes acompañan y ofrecer herramientas para sostener al paciente sin falsas expectativas, con verdad, sentido y respeto por su dignidad.

Cuando la medicina ya no puede prometer curar, “todavía se puede cuidar cómo vive una persona el tiempo que tiene por delante”. Esta propuesta mira la esperanza sin ingenuidad y sin frases hechas: como una forma concreta de acompañar la fragilidad humana hasta el final.

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