Si esta información se confirma en los términos que recoge el documento, resulta inevitable preguntarse qué sabía exactamente el Gobierno, cuándo lo sabía y qué decisiones tomó con ese conocimiento. No es una cuestión menor. De hecho, el conocimiento del informe ha llevado al ministro del Interior a exigir explicaciones al director de la Policía Nacional.
Y aquí aparece el problema central: el relato oficial construido con el delirante comodín de Putin y el discurso demencial alrededor de las mafias de la inmigración que pierde cualquier consistencia. Durante años se ha presentado este tipo de episodios como el resultado casi inevitable de redes criminales, mafias, intereses extranjeros. Pero si los propios servicios de inteligencia habían advertido de una operación susceptible de ser instrumentalizada desde Marruecos, el relato cambia radicalmente.
Llegados a este punto, quedan dos posibilidades. O quienes debían conocer la situación no sabían absolutamente nada —algo difícil de conciliar con la existencia de esos informes—, o conocían mucho más de lo que posteriormente trasladaron a la ciudadanía. Y si fue lo segundo, habrá que explicar por qué han mentido de forma tan descarada a un ciudadano al que no deben considerar que alcance la calidad de subdotado.
Mientras tanto, ayer volvieron las manifestaciones por la españolidad de Ceuta y contra la gestión de la crisis. La más destacada tuvo lugar en la plaza de Cibeles de Madrid. Entre los cánticos pudo escucharse, junto al habitual insulto dirigido a Pedro Sánchez, otro particularmente revelador: «España cristiana, nunca musulmana».
Quizá convendría recordar a quienes lo coreaban un pequeño detalle: cerca del 46% de la población ceutí es musulmana. Defender la españolidad de Ceuta es perfectamente legítimo. Convertir esa defensa en una cuestión religiosa es, además de absurdo, desconocer la propia realidad de una ciudad que es mayoritariamente musulmana, pues no existe ni la más mínima posibilidad de que al menos un 10% de los caballas siga los preceptos de Roma.
Así que, puestos a ayudar a Ceuta, quizá sería bastante más útil dejar las consignas y empezar por algo mucho más sencillo: evitar que nuestros dirigentes, a imagen y semejanza del hermano Gabilondo, continúen montando bocadillos de caballa en aceite en el bar de los Corazonistas.
José Antonio RULFO
