Julio se ha convertido en dos días en un mes otoñal. Se va Zidane, se marcha Guerrero, y el Papa, después de beberse la horchata de Valencia, esa que le manda Rita, deja escapar a Joaquín Navarro, que tenía ganas de levantar el vuelo al atardecer, como el búho de Minerva que decía Hegel. Parece como si los días tórridos de este verano hubieran traído un hervor de sabiduría, una búsqueda de la escondida senda.
Navarro Valls era en el Vaticano “Navarro” a secas, que ese apellido basta y sobra para abrir los tones de la Santa Sede o certificar una información que no será desmentida. “Lo ha dicho Navarro”, era el sello lacrado que cerraba los debates y las dudas, o ahogaba los rumores en los remolinos del Tíber. Llegó hace 22 años a la derecha del Papa después de unos ejercicios en el ABC. Tenía una carrera de medicina, una especialidad en psiquiatría, y un cuaderno donde llevaba anotados todos los pasos de la Santa Sede: los matices teológicos, las cuestiones abiertas, los nombramientos, los equilibrios del poder, y las posibles derivadas. Aquel cuaderno era la versión moderna, hightech, del Codex Vaticanus que el sábado fue el regalo de Benedicto a un Zapatero que ha tardado varios días en saber de qué se trata.
El últo día del tavoz dijo aquello de que si Castro o Daniel Ortega habían ido a misa no se explicaba qué Zapatero no. Para el gobierno esto ha sido como la cornada de Zidane a Materazzi. Y así Moraleja cayó en la trampa y esa misma tarde tomó como ejemplo a Bush para apoyar la actitud de Zapatero, algo que nunca debió hacer el aprendiz de vocero.
Con Navarro la Santa Sede se modernizó. La comunicación entró en una nueva densión, el Papa bendijo las nuevas tecnologías, Intet, los correos electrónicos, y la irrupción de la televisión. El cartagenero fue el mago del bricolaje vaticano, el hombre que traducía en grandes coberturas las ideas de Woytila, el caballero que sedujo a la televisión americana.
Siempre ha sido un “gentleman”. De vez en cuando sorprendía con un posado en la revista Panorama, vestido con ropa informal, estirado sobre un césped tupido y bien regado. Dicen que era la mano del Opus Dei en el Vaticano. Ese era el comentario de algunos jesuitas, rendidos ante la eficacia del hombre que puso a las grandes televisiones mundiales a los pies de cátedra papal. Ahora Ratzinger nombra a Lombardi. La carga vuelve al clero. Y esperamos que nadie lo interprete como una victoria del “papa negro” de los jesuitas.
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