Desde el domingo la tarde, las gasolineras parecen estaciones en tiempos de desabasteciento. Me cuentan que en los supermercados pasa lo mismo. La gente compra con áno de acaparar. ¿Escenas de un país premoderno? Puede ser. Pero también son consecuencias de la desconfianza en el poder político. En cualquier otro país de occidente, los clientes de las gasolineras, los consumidores de filetes de pollo o de tera, tendrían la seguridad de que el gobierno va a garantizar sus derechos. Aquí se tiene la sensación contraria: la de que el ejecutivo tardará en resolver el prero de los grandes conflictos que le esperan, que nos esperan, y que mientras tanto no será capaz de aplicar la mano necesaria para despejar las carreteras y deshacer el efecto de los piquetes, siempre tan activos, tan incontestados estos pagos.
La prueba la tuvos ayer. Un grupo de camioneros fue capaz de cortar este lunes las entradas y salidas de Madrid. Hubo problemas en otras ciudades. La policía, al menos en la capital, se litó a poner bolos para que los conductores supieran con la suficiente antelación lo que les esperaba. El gobierno confía en el efecto sedante de la Eurocopa, y en la capacidad de llamar la atención de una ministra, la de igualdad, que no tiene competencias ni agenda, y que se ha sacado de la manga el últo invento de Pepe Gotera: un teléfono para que los agresores se desfoguen, pierdan fuerza, como si pasaran el picador, y en lugar de pegar a su ex, insulten al gobierno a través del telefonillo. En el tiempo de los móviles, este gobierno le ha puesto a cada problema un teléfono. Y al otro lado siempre hay un contestador que te dice aquello de… ‘si quiere desfogarse pulse uno, si ya lo ha hecho pulse dos, si quiere arrepentirse pulse tres'.
Lo que da miedo no es la huelga, sino tener un gobierno de diseño, con desparpajo, sin ideas, y que trabaja de nueve a tres, y con los fines de semana libres, o dedicados a meterse con Trichet.
ALFREDO URDACI, PERIODISTA