… Y después vino otro elefante. No el blanco que paseaba por los pasillos del Congreso, sino el de Botsuana, abatido en safari y convertido en símbolo involuntario de una monarquía desconectada. Del elefante institucional al elefante cinegético, pasando por vedettes que montaban elefantes, amistades peligrosas y un marido cornudo que tal vez encontró en el espectáculo una coartada estética para sus propias debilidades. La historia española, cuando se pone barroca, no necesita barojas…
“Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña
como veía que resistía, fue a llamar otro elefante
dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña
como veían que resistía, fueron a llamar a otro elefante”…
Hay aniversarios que se celebran con tarta. Y luego está el 23F, que se conmemora con desclasificaciones “controladas”, declaraciones solemnes y un leve temblor en la memoria oficial. Coincidiendo con el 45º aniversario de la entrada en el Congreso del llamado “ELEFANTE BLANCO”, el Gobierno aprueba en Consejo de Ministros la desclasificación progresiva de los documentos relacionados con el intento de Golpe de Estado. Cuarenta y cinco años después, por fin sabremos… lo que se considere oportuno que sepamos. Osea una medio verdad, que es la mayor de las mentiras…
La figura que inevitablemente vuelve al centro del tablero es la de Alfonso Armada y Comyn, general de división, tutor y hombre de máxima confianza del entonces rey Juan Carlos I. Ahijado de María Cristina de Habsburgo-Lorena —madre de Alfonso XIII— y exmiembro de la División Azul que participó en el sitio de Leningrado, Armada no era precisamente un improvisado con bigote y sable. Era establishment puro, con pedigree monárquico y curriculum enmarcado en caoba.
La narrativa oficial —esa que se enseñó en colegios y se recitó en tertulias— dibujó un golpe de extrema derecha, una intentona torpe, casi folclórica, desactivada por la firmeza televisada del monarca. Un rey en uniforme, severo, pedagógico, salvando la democracia de los sables. Fin del relato. Aplausos. Comienzo del juancarlismo.
Sin embargo, la realidad siempre tuvo más pliegues que un uniforme de gala. Según el testimonio de Leopoldo Calvo-Sotelo, en octubre de 1980, cuando Armada era gobernador militar de Lérida, se produjo una reunión en casa del alcalde Antoni Siurana con los socialistas Enrique Múgica y Joan Reventós. Allí, siempre según ese testimonio, se habría ofrecido a Armada la presidencia de un gobierno de “salvación” que sustituiría al ya muy desgastado Adolfo Suárez. Un movimiento “a la francesa”, evocando a Charles de Gaulle: rescate institucional, consenso forzado, refundación con épica.
La hipotética arquitectura de aquel gobierno era tan transversal que parecía diseñada por un comité de reconciliación nacional: Felipe González y Manuel Fraga como vicepresidentes. Socialistas y conservadores bajo el paraguas de un general con pasado en la División Azul. Un oxímoron con escolta -olvidando, que se enfadan mucho a los ‘indepes’ de las vascongadas y de los catalanes-.
Ahora, con la nueva ley de información clasificada, se anuncia que el contenido considerado “alto secreto” se desclasificará a los 45 años, con posibilidad de prórroga de 15 más. El material “secreto” lo hará a los 35, prorrogables 10. Es decir: conoceremos el pasado cuando estemos muertos, salvo que convenga esperar una nueva reencarnación. La transparencia, pero con cortinas de neopreno. ¡Una gran mentira utilizada como cortina de humo ante la que está cayendo!
“Las democracias deben conocer su pasado para construir un futuro más libre”, ha señalado el presidente del Gobierno. La frase es impecable. Tan impecable como esas vitrinas donde se exhiben documentos históricos con una franja negra tapando la línea crucial. La democracia conoce su pasado, sí, siempre que el pasado no incomode demasiado al presente.
Porque la cuestión central que flota —y que la desclasificación podría iluminar o enterrar definitivamente bajo capas de tinta— es la relación real entre el rey emérito y el general Armada. Durante años, el monarca negó de forma tajante cualquier implicación en diseño alguno del Golpe. En sus memorias, la versión es clara: él fue el dique, no la corriente. Y, sin embargo, la cercanía personal y política con Armada resulta difícil de disolver en ácido institucional.
Si los documentos revelaran que el llamado “golpe blando” —esa operación de sustitución quirúrgica de Suárez, por un gobierno de concentración, presidido por un militar de confianza— contaba con conocimiento o beneplácito de la Corona, la figura del rey salvador, se transformaría en algo más incómodo: la del arquitecto que exige que le entreguen la obra terminada. “A mí dádmelo hecho”, habría repetido hasta la saciedad y habría sido la única condición del emérito para abrazar la democracia como proyecto llave en mano. Exactamente igual que hizo su abuelo en el golpe de Primo de Rivera.
Conversaciones mantenidas, en las que Merino, Sabino y alguna real de la realeza contaban cómo el emérito se había puesto de ‘rodillas’ pidiendo a Sabino que desmontase… Lo contaba también el misógino Juan García Carrés, único civil implicado en el Golpe y que escribió un libro en prisión, de la que salió, se casó ¿? y el libro, que me contó, lo tituló como ‘El Gran Cabrón’, en referencia a la obra del maestro Francisco de Goya y Lucientes, nunca vio la luz…
La paradoja es que, incluso si los papeles confirmaran la versión más explosiva, el relato oficial ya ha cumplido su función histórica. Durante décadas, el 23F consolidó la legitimidad de la monarquía parlamentaria. El rey fue el héroe nocturno que habló a la nación mientras los diputados permanecían en el suelo. Esa imagen —más poderosa que cualquier acta mecanografiada— blindó la institución en un momento crítico, y convirtió a esos republicanos de boina calada, sino en monárquicos, en juancarlistas.
Y después vino otro elefante. No el blanco que paseaba por los pasillos del Congreso, sino el de Botsuana, abatido en safari y convertido en símbolo involuntario de una monarquía desconectada. Del elefante institucional al elefante cinegético, pasando por vedettes que montaban elefantes, amistades peligrosas y un marido cornudo que tal vez encontró en el espectáculo una coartada estética para sus propias debilidades. La historia española, cuando se pone barroca, no necesita barojas.
La desclasificación llega tarde, pero llega. La pregunta no es sólo qué dirán los documentos, sino qué estaremos dispuestos a hacer con lo que digan. Porque conocer no siempre implica revisar, y revisar no siempre implica rectificar. Puede que dentro de unos meses, a gran parte de la ciudadanía se le quede cara de gilipollas. O puede que comprobemos que la versión oficial siga manteniendo la tremenda falacia que sostuvo aquel acuerdo tácito entre los medios y todos los implicados.
En cualquier caso, el elefante vuelve a la habitación. Y esta vez no bastará con disparar al techo para que todos miren hacia arriba.
José Antonio RULFO.
FRANCO BATIATO CANTADO AL ELEFANTE BLANCO…
