LA CASITA DE LEÓN XIV


Me decía Roberta el pasado martes que si era posible que no viniese a trabajar el sábado, porque tiene una reunión, la segunda este mes, de la iglesia evangelista de los últimos días de san pentecostés, a las tres menos cuarto, o así.

La llegada del papa León XIV a España ha tenido un efecto secundario bastante revelador: ha puesto en marcha a todo tipo de comunidades que necesitan su propia casita donde reunirse. Iglesias pequeñas, desprendidas de la católica, apostólica y romana, que de repente han decidido celebrar sus actos en las mismas fechas en las que el Santo Padre pasea por nuestras españas, diversas, independientes e ingobernables, como siempre… Eso sí, es el efecto cómo si la presencia papal activara una alarma colectiva que obliga a cada grupúsculo a salir de su rincón y hacer acto de presencia.

Pero el fenómeno no se queda en lo religioso. Florentino Pérez, con ese instinto infalible para cualquier momento de efervescencia nacional, ha convocado para el mismo fin de semana una gran asamblea de sus fieles. No es una misa, es una votación. Los madridistas están llamados a levantar la mano (o a pulsar un botón) en una de esas consultas internas que el presidente del Real Madrid organiza cuando necesita medir el grado de fe de la parroquia. Decenas de miles de personas dispuestas a congregarse, aunque sea de forma virtual, para reafirmar su pertenencia al club.

Y mientras tanto, en el Metropolitano, Bad Bunny llena el estadio durante diez noches consecutivas. Sesenta y cuatro mil personas por concierto coreando su nombre, bailando reguetón como si formara parte de un ritual de apareamiento colectivo, repitiendo consignas como “Madrid, baila y ama sin miedo”. Otra casita, ésta mucho más grande y ruidosa, donde la gente también va a sentir algo que trasciende lo individual.
A entregarse. A pertenecer.

Así que en la misma semana en la que León XIV bendice torres y saluda multitudes, España se llena de casitas paralelas. Roberta y sus veinte compañeros de San pentecostés en un local pequeño. Los madridistas de Florentino Pérez levantando la mano en una votación. Sesenta y cuatro mil (POR DIEZ) personas perreando en el Metropolitano. Todos buscando lo mismo: un sitio donde reunirse, creer en algo (o en alguien) y sentir que forman parte de algo más grande que ellos mismos.

Porque en este país, cuando llega un Papa, un presidente de club o un puertorriqueño con el pelo rosa, siempre hay alguien dispuesto a abrir su casita y convocar a los fieles.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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