LA TOMA DE LA BASTILLA

“Algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, les aseguro que es mucho más importante que eso.” (Bill Shankly)

El 14 de julio, fiesta nacional francesa, conmemora el día en que el pueblo francés tomó la Bastilla y comenzó a derribar el Antiguo Régimen. Pero este año la historia decidió regalar una curiosa ironía: en pleno aniversario fue España quien asaltó la fortaleza. Y, para sorpresa de todos, apenas encontró resistencia.

Durante la previa se nos vendió que la artillería francesa arrasaría con la tropa española. Sin embargo, los cañones nunca llegaron a disparar. Francia apareció irreconocible, incapaz de imponer el potencial que tantos pronosticaban, mientras España fue creciendo con el paso de los minutos hasta hacerse dueña absoluta del encuentro.

Al frente de la expedición estuvo un Rodri imperial. El mediocentro ejerció de auténtico mariscal, gobernando cada fase del partido con una inteligencia impropia de alguien que, sencillamente, juega al fútbol. Su capacidad para marcar el tempo del partido, enfriar cuando era necesario y acelerar en el momento oportuno terminó siendo decisiva para desmontar cualquier intento de reacción francesa.

El encuentro comenzó a inclinarse definitivamente tras un penalti tan inocente como indiscutible cometido por Francia. A partir de ahí, los “bleus” entraron en un desconcierto del que jamás salieron. Un caos que encontró un curioso compañero de viaje en la actuación del árbitro salvadoreño, cuya designación para dirigir una semifinal mundialista resultó, como poco, sorprendente. Su arbitraje alimentó el debate y volvió a poner sobre la mesa las recurrentes sospechas de corrupción que acompañan a la FIFA y a sus decisiones.

Si la final confirma las sensaciones, quizá estemos a las puertas de un nuevo título que engrandezca la particular aristocracia española. No sería exagerado empezar a hablar del marqués De la Fuente. El seleccionador, al igual que hizo el salmantino Del Bosque en su día, ha construido un equipo sólido, competitivo y convencido de sí mismo, hasta situarlo a un paso de bordar la segunda estrella en la camiseta.

Y Francia, esos “bleus”, esos africanos a los que recientemente aludió Mariano Rajoy en una reflexión imbécil sobre la selección francesa, ni siquiera comparecieron futbolísticamente. Al menos, muchos de sus protagonistas han tenido la honestidad de asumir responsabilidades y reconocer que la derrota se explicó mucho más por sus propios errores que por cualquier otra circunstancia.

Quizá esa sea la mayor diferencia entre la Bastilla de 1789 y la de 2026: esta vez la fortaleza cayó sin defenderse, y la bandera que terminó ondeando sobre sus muros fue la roja igualda.

José Antonio RULFO

Salir de la versión móvil