TEATRO DE COMEDIA

La política contemporánea vive tanto de los hechos como de los relatos. En ese terreno, da la impresión de que Pedro Sánchez ha encontrado en Donald Trump un adversario especialmente útil. Convertir al presidente estadounidense en el antagonista perfecto le permite reforzar un perfil internacional, como referente de una izquierda que se reivindica frente al populismo de derechas.

La confrontación pública proyecta una imagen de liderazgo global, incluso cuando sus efectos prácticos sean limitados.

Trump, por su parte, tampoco parece salir perjudicado de ese enfrentamiento. Al contrario, la existencia de dirigentes europeos que lo señalan como una amenaza alimenta el discurso que tan buenos resultados le ha dado entre sus seguidores: el de un líder que incomoda a las élites políticas tradicionales. En ese sentido, ambos parecen beneficiarse de una rivalidad que fortalece sus respectivos relatos políticos.

La paradoja aparece cuando se observa que, tras la dureza de los discursos, la relación institucional entre ambos gobiernos continúa funcionando con normalidad. La escenificación del conflicto deja la sensación de que la tensión pública convive con una relación mucho más pragmática y relajada en privado, donde prevalecen los intereses diplomáticos sobre las declaraciones altisonantes.

Mientras Trump lanza críticas contra España o cuestiona a los aliados europeos, Sánchez levanta la bandera del “no a la guerra” y se presenta como defensor de una política exterior basada en la diplomacia. Sin embargo, esa imagen choca con el incremento del gasto en defensa y con la aceptación de nuevos compromisos militares en el marco de las alianzas internacionales. El contraste entre el discurso y las decisiones alimenta la percepción de que existe una oposición retórica al rearme mientras, en la práctica, se aprueban partidas cada vez mayores.

A ello se suma otra cuestión de fondo: la falta de un debate político amplio sobre esas decisiones. Muchos ciudadanos tienen la impresión de que los compromisos en materia de defensa se adoptan sin una explicación suficiente ante el Parlamento y sin una información clara sobre cuáles son las amenazas concretas que justifican ese esfuerzo económico o qué obligaciones internacionales está asumiendo España. En una democracia, el aumento del gasto militar debería ir acompañado de transparencia, deliberación pública y rendición de cuentas. Cuando eso no ocurre, es comprensible que crezca la sensación de que las decisiones se toman lejos del escrutinio ciudadano y de que el relato político termina pesando más que las explicaciones.

Una vez más ―y son casi todas― en este teatro al ciudadano le han reservado el papel de tonto útil. Eso, y no el fútbol, es lo que nos une a unos y a otros al otro lado del Atlántico.

José Antonio RULFO

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