PERÚ VIVE EN UNA PERMANENTE ANTESALA

No es sólo una elección. Es la sensación constante de estar siempre a punto de algo que nunca termina de definirse. Una democracia que avanza, sí, pero con pasos prestados, como si aún tuviera que pedir permiso para existir.

La política servil no es un accidente reciente; es una herencia profundamente enquistada. Se manifiesta en discursos que mutan según el auditorio, en lealtades que se alquilan al mejor postor y en una clase dirigente que, más que representar al Pueblo, calcula con frialdad. El poder no se ejerce con convicción, sino con cautela interesada: se mira hacia arriba —hacia los grupos económicos, las encuestas y las presiones externas— antes que hacia el ciudadano común que sigue esperando respuestas concretas.

En este escenario, las elecciones no traen esperanza clara, sino una incertidumbre espesa y agotadora. Los candidatos se presentan como soluciones, pero arrastran los mismos vicios estructurales: promesas sin raíz, proyectos sin horizonte e identidades políticas difusas. No hay una verdadera narrativa de país que convoque; sólo fragmentos, discursos rotos y el eterno intento de seducir a todos sin comprometerse con nadie.

El votante, cansado y desencantado, oscila entre el escepticismo y la resignación. Ya no elige con ilusión, sino con un cálculo defensivo: “el menos malo”, “el que tal vez no sea peor”. Es una forma de supervivencia democrática, pero también el síntoma más doloroso de un desgaste profundo. Cuando la política deja de inspirar y sólo sirve para evitar el desastre inmediato, algo esencial se ha quebrado en el alma colectiva.

Y sin embargo, en medio de esta bruma persistente, late una tensión que viene de los bisabuelos. Porque cada elección, por incierta que sea, sigue siendo una posibilidad de quiebra. El problema es que esa quiebra no llegará desde las élites políticas, demasiado cómodas en su juego de dependencias, sino desde una ciudadanía que aún no ha encontrado el canal para convertir su hartazgo en un proyecto común.

Perú no carece de talento ni de historia. Carece, hoy, de una voluntad política que no se arrodille. Hasta que eso no cambie, cada proceso electoral seguirá sintiéndose igual: como lanzar una moneda al aire en un país que ya no sabe si caerá de pie… o si simplemente seguirá cayendo.

Micaela Bastidas

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